Si a vos te gusta…

Estoy de paso por “mis” pagos; aunque a decir verdad ya no son tan “míos” sino de mi familia, pues creo que es muy sano que el misionero tenga por “su” lugar, ese en el cual Dios lo ha plantado para sembrar el Evangelio.

TanzaniaEstando en este querido pueblo (perdón, para no herir susceptibilidades hablemos con propiedad: cuando me fui, hace 15 años, era un pueblo, ahora es una ciudad…); estando aquí, decía, me vinieron a la mente un par de diálogos que tuve hace varios años con señoras piadosas que me encontraba en la parroquia, antes o después de Misa. Algunas de ellas era la primera vez que me veían con sotana y el diálogo sustancialmente era el siguiente:

–       Se te ve contento, te gusta lo que estás haciendo ¿no?

–       Sí, me gusta, pero… (y trataba de explicar que estaba en lo que estaba porque era voluntad de Dios, y que además “me gustaba”, pero esto del “gusto” no era lo más importante y por tanto, si en algún momento de dificultad me dejaba de “gustar”, entonces no por eso iba a dejar el camino emprendido; y el diálogo seguía así…)

–       Qué bueno… si a vos te gusta…

Luego de un par de conversaciones muy semejantes opté por obviar la explicación y responder, con la mejor sonrisa que me saliera: “sí, me gusta lo que estoy haciendo…”

Estas conversaciones más de una vez me hicieron reflexionar sobre el hecho de que no es fácil que lleguemos a captar la relación que hay entre “el gusto”, o más profundamente podríamos decir: “la felicidad” que “sentimos”, y lo que realmente debemos hacer en nuestra vida. Muchas veces pasa que identificamos la una con la otra, y no siempre hay por qué hacerlo.

Por supuesto que no voy a agotar un tema tan profundo como éste, en estas pocas líneas; pero creo que algo puedo decir que les sea de provecho.

Dejemos sentado de entrada que la felicidad completa, total, cabal (pónganle énfasis al leer lo que sigue, como yo lo estoy poniendo al escribirlo): “no   se   puede    tener    en    este   mundo” (si no les salió con énfasis, léanlo de nuevo…, please!).

Estamos, como reza la Salve, en un valle de lágrimas y punto. Es cierto… mucho podríamos aclarar con respecto a esta última frase (la del valle), pero no es el caso, ni da el tiempo, ni las fuerzas mías, ni la paciencia de Uds.; sí lo trataré, Dios mediante, en otra oportunidad).

En este mundo, entonces, ¿dónde está la felicidad? ¡Qué preguntita…! Varrón, un filósofo de la antigüedad, anduvo preguntando sobre eso y le respondieron 280 cosas distintas… y creo que se habrá dedicado a otra cosa…

Santo Tomás, citando a Boecio, dice que la felicidad es “el estado perfecto de unión de todos los bienes”[1], y en otro lado dirá que consiste en “el sumo bien del hombre, no compatible con ningún mal”[2]. Pasa revista por todas las creaturas y obviamente no encuentra en ninguna esa plenitud para el ser humano; entonces termina diciendo “así como el alma es la vida del cuerpo, así la vida feliz del hombre, es Dios”[3].

Esa “vida feliz”, como decíamos, la tendremos totalmente en el Cielo (la esperanza nos anima a hablar en un plural inclusivo…), donde seremos semejantes a él porque lo veremos tal cual es (1Jn 3,2). Allí tendremos una unión total de inteligencia y voluntad, con la perfección suma, que es Dios.

¿Y en esta vida? Por lógica consecuencia, más felices seremos mientras más nos acerquemos a esa unión perfecta, es decir, mientras más unidos estemos con Él. ¿Y cómo estarlo? Suponiendo la vida de Gracia, nos unimos más a Dios por medio del conocimiento (inteligencia) y del amor (voluntad). Podríamos decirlo así: más felices seremos cuánto más conozcamos a Dios y Su voluntad para con nosotros, y mientras más nos unamos, por amor, a Él y por tanto a Su designio sobre nuestras vidas… obviamente no estamos hablando de otra cosa sino de la santidad. Con frase corta, de Juan Pablo II, que no me cansaré de citar, digamos: “¿Qué es la santidad? Es precisamente la alegría de hacer la Voluntad de Dios[4].

Y la voluntad de Dios no siempre será “lo que me gusta” o “lo que me haga sentir bien”, pero sí será indefectiblemente lo mejor para mí y lo que, al menos en lo más profundo, más paz traiga a mi alma. Si no tenemos esto bien claro, es bastante sencillo que terminemos pensando que lo que a nosotros “nos gusta”, “nos hace sentir bien”, eso es voluntad de Dios.

Quienes hayan hecho Ejercicios Espirituales, sabrán que estamos hablando de la “voluntad de segundo binario” (EE. 154). San Juan de la Cruz lo dirá así:

“¿Qué aprovecha dar a Dios una cosa si él te pide otra? Considera lo que Dios querrá y hazlo; que por ahí satisfarás mejor tu corazón que con aquello a que tú te inclinas” (Avisos 72). “Muchos destos querrían que quisiese Dios lo que ellos quieren, y se entristecen de querer lo que quiere Dios, con repugnancia de acomodar su voluntad a la de Dios; de donde les nace que muchas veces en lo que ellos no hallan su voluntad y gusto, piensen que no es voluntad de Dios; y que, por el contrario, cuando ellos la satisfacen crean que Dios se satisface, midiendo a Dios consigo, y no a sí mismos con Dios…” (Noche 1,7,3).

San Alberto Hurtado, desde el punto de vista un poco más “filosófico/moral” lo dirá de este modo:

“Es necesario que así como la inteligencia se adapta a una realidad preestablecida para no caer en el escepticismo, de la misma manera la conciencia se adapte a una norma moral, que ella no crea sino que únicamente nos manifiesta. La norma constitutiva de la moral no será, por tanto, la satisfacción que nos produce la realización de un plan previsto y que vemos que se desarrolla según nuestras predicciones, sino el acuerdo con una norma previamente establecida [los mandamientos, la voluntad de Dios, etc.]. No es algo prospectivo sino algo concomitante. La conciencia descubre esta relación; no la crea. El criterio que tiene para saber cuándo la ha descubierto es el mismo que existe en el orden intelectual: la evidencia. La evidencia moral es la visión clara de la conformidad de una acción con la ley eterna. Se llama, ordinariamente, el testimonio de la conciencia”[5].

No podemos, por tanto, dejarnos llevar por lo que “nos gusta” o “nos hace sentir bien” (al menos momentáneamente), porque de ese modo es prácticamente imposible que podamos hacer bien las cosas o, al menos, todo el bien que tenemos que hacer.

Entonces debemos hacer, por amor, lo que Dios quiere que hagamos y eso es lo que más felicidad podrá reportarnos en esta vida. Sin duda, habrán pruebas –y quizás muy grandes–, cruces y purificaciones que quizás nos harán derramar muchas lágrimas, pero siempre estará atemperado este sufrimiento con la paz de fondo –aunque sea muy en el fondo– de saber que lo que estamos pasando es querido por Dios y nos acerca, aunque sea misteriosamente, a Él.

Ver a Nuestro Señor crucificado siempre será una fuente de gran consuelo, y en algunos momentos, quizás el único consuelo, y lo único que nos mantenga firmes en la brecha sea pensar en el Cielo que nos espera como recompensa.

Termino con una anécdota, recordando que ese “nos gusta” puede incluir a otras personas. Una vez me comentó un matrimonio lo siguiente: tenían 5 hijos/as, 4 de ellos ya habían ingresado a la vida religiosa y se habían quedado con el más pequeño. El pequeñín, con solo 12 años, les pidió ingresar al Seminario Menor. Papá y mamá se fueron a tomar algo para hablar el tema y tratar de dilucidar cuál sería la voluntad de Dios. En una servilleta, café de por medio, hicieron el “Pro y Contra” (quien haya hecho Ejercicios Espirituales, me entenderá) y se dieron cuenta de que la única contra para que su hijo ingresara al Seminario Menor, era que ellos se quedarían solos… Hicieron un acto de generosidad muy grande y le permitieron ingresar; su hijo ahora es sacerdote y misionero…

Nuestra Madre en todo sólo hizo lo que Dios quería. Por un lado vivió la “infinita” alegría de la Encarnación y, por otro -al menos con paz en el fondo del alma y por qué no con la alegría de los que aman de verdad-, supo vivir la incertidumbre de la huida a Egipto, la penosa angustia de la pérdida de su Hijo y su dolorosa Pasión. Justamente por eso siempre la llamaremos “feliz” (Lc 1, 48).

Ella nos conceda la gracia de hacer siempre, por amor, todo y sólo lo que Dios quiera, y experimentar así la alegría que esto conlleva.

–––––––––

Más material sobre el tema:

– Dos textos sobre la voluntad de Dios en nuestra vida, de San Alberto Hurtado:

“Las tres clases de hombres”

– “Siempre en contacto con Dios”

– “Hay una manera Cristiana de trabajar”

 

Ver todas las lecturas recomendadas, AQUÍ.

 


[1] Suma Teológica, Iª-IIae q. 2 a. 1 arg. 2

[2] Ibid. Iª-IIae q. 2 a. 4 co

[3] Ibid. Iª-IIae q. 2 a. 8 s. c.

[4] Juan Pablo II, Homilía pronunciada en la parroquia romana de San José, domingo 1 de enero 1981.

[5] San Alberto Hurtado, Una verdadera educación, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile, 2005, p. 251.

98 comentarios:

  1. Jorge Luis Volpe, Capital Federal Argentina

    Estimado Padre Gustavo:

    No me pierdo una de sus reflexiones y cada vez lo aprecio mas. Dios le de luz ,fuerza y permita que prosiga en ese camino para nuestro bien y su mayor gloria.

    Dios lo bendiga y María lo proteja

    Jorge Luis

  2. P.Gustavo
    Todo lo que se hace por amor nos lleva a la felicidad, con mayor razón si está dentro de los planes de Dios, lo que significa haber dado un Si a su voluntad.
    El problema radica cuando sólo está presente el deber y falta amor, caridad, es como una comida exquisita pero que le faltó la gotita de amor.
    María Santísima es el ejemplo y modelo de su maestría en el amor, siguiendo sus pasos, es más fácil llegar al Maestro de los Maestros del AMOR, Jesús.
    Grs Mirta

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