¿Qué nos distingue de ellos?

Muchas veces he pensado y repensado cuáles son las cosas –o mejor cual es la cosa: virtud, actitud, etc.– que nos distingue de los santos, de aquellos ¡hombres de los que no era digno el mundo! (Heb 11, 38). A ellos tenemos que imitar y tener siempre como referentes. Comenzando la Cuaresma, tiempo especial de conversión –o sea tiempo especial de búsqueda de la santidad–, fijar más la mirada en ellos es casi una necesidad; teniendo en cuenta aquello de que “los santos no son los que nunca cayeron, sino los que siempre se levantaron”[1]. Buscando entonces “lo distinto”, he querido descubrir algo, de algún modo omni-abarcante, que incluyera en sí todo lo demás.

Santos

Inconscientemente había focalizado esta desproporción entre ellos y yo (comienzo a hablar en singular para no hacer cargo al lector de mi falta de virtud) en dos cosas puntuales: la caridad exquisita (sobre todo con los más difíciles o con los enemigos) y, especialmente, el amor a la Cruz, sobre todo cuando ese amor era tal que el sufrimiento se transformaba en gozo. Recuerdo, como si fuera hoy, la especie de shock que me produjo leer por primera vez, en el Noviciado, este tipo de frases[2]:

“Cuando llegues al punto de que la aflicción te es dulce, y te complaces en saborearla por Cristo, bien puedas entonces considerarte dichoso, porque has hallado en verdad el paraíso en la tierra” (Tomás de Kempis)[3].

“El sufrimiento me es desconocido. En él encuentro mi alegría, pues en la cruz se encuentra a Jesús. ¿Y qué importa sufrir cuando se ama?… ¿Qué es el sacrificio, qué es la cruz sino el cielo cuando en ella está Jesucristo?” (Santa Teresa de los Andes, carmelita chilena)[4].

“La cruz es el regalo que Dios hace a sus amigos… Soporté muchas cruces más de las que parecía podría soportar. Me dispuse a pedir el amor a la cruz y entonces fui feliz. Verdaderamente no se encuentra la felicidad sino allí” (San Juan María Vianney)[5].

“¡Tanto es el bien que espero que toda pena me da consuelo!” (San Juan de la Cruz).

Veía –y veo– en este amor y alegría en el dolor, ese infinito poder del Señor, que hace nuevas todas las cosas (Cf. Ap 21,5); sólo Él es capaz de transformar, por amor, lo más aborrecible en lo más amable; lo más evitable en lo más deseable; lo más desdichado, en lo más dichoso; porque sólo Él puede “hacer” a un santo.

Pero así y todo, viendo en este amor gozoso en el dolor un signo inequívoco de santidad, sin embargo, últimamente encontré algo que me parece ser aún más propio de los santos, algo que está a la base de esta “locura de la Cruz”, a la base también de la caridad exquisita y de cualquier otra virtud: me refiero a la humildad.

Los santos han percibido existencialmente su insignificancia, su nada, su incapacidad para toda obra buena, su pecado, sus infidelidades a la acción de Dios, la desproporción entre ellos con las obras que podían hacer y los frutos que producían… y podríamos seguir…

Hay que decirlo, aunque duela: “yo me creo más perfecto que un San Ignacio o un San Francisco Javier –o cualquier otro santo–”. ¡¿Pero cómo decir semejante cosa?! Resulta que de lo contrario yo sería más humilde que ellos y, por tanto, más santo; cosa, a todas luces, imposible.

No hay ninguna duda de cuánto nos sobrepasan los santos en perfección, pero tampoco hay ninguna duda de que ellos tenían una idea de sí mismos, mucho más baja de la que nosotros tenemos de nosotros mismos (vuelvo al plural… hablando de la humildad, ya me pone incómodo tanto “yo”…); y ésta me parece la diferencia raigal, fundamento de todas las demás diferencias que nos distinguen con aquellas obras maestras de Dios.

Es cierto que nosotros podemos tener presentes, para que nos muevan a darnos cuenta de lo que somos, frases de la Escritura como por ej.: El Señor nos dice que no podemos nada sin Él: Sin mí nada podéis hacer (Jn 15,5); y que somos malos: si vosotros siendo malos (Mt 7,11) y también nos hace auto-llamarnos siervos inútiles (Lc 17,10). Por medio del apóstol nos deja claro que nada tenemos por nosotros mismos: ¿O qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿de qué te glorias como si no lo hubieras recibido? (1Cor 4,7); y, también, sin rodeos, nos aclara que somos “nada”: Si alguno piensa que es algo, engáñase, que nada es (Gal 3,6).

Como decía, nosotros podemos tener presente esto, meditarlo, escribirlo, incluso creernos que lo vivimos –¡más peligroso aún!–, pero la diferencia con los santos es que ellos vivían esto o, mejor dicho, viven esto –ya que muchos habrá entre nosotros, que aún ni reconocemos–; y lo viven con una claridad, diafanidad, evidencia e indiscutibilidad apabullante, avasallante, extrema…  así como nosotros sabemos que 2 + 2 = 4, así ellos saben lo “nada” que son ante Dios, y lo “nada” que tienen de sí mismos y lo “nada” que pueden sin Su ayuda. ¿Alguien, durante el transcurso del día, medita sobre la verdad de que 2 + 2 son 4? ¿Alguno por ahí se lo repite una y otra vez para no olvidarlo?… así de ilógico es para un santo pensar que algo es, tiene o puede por sí mismo…

Mons. Fulton Sheen decía hermosamente:

“Cuanto mejores nos volvemos, menos conscientes somos de nuestra bondad. Si alguien admite ser un santo, está cerca de ser un demonio. Jean Jacques Rousseau creía que de todos los hombres, él era el más perfecto, pero tenía tantas grietas en su alma que abandonó a sus hijos después de su nacimiento. Cuantos más santos nos volvemos, menos conscientes somos de ser santos. Un niño es simpático, siempre y cuando él no sepa que es simpático. Tan pronto como cree que lo es, se convierte en un niño engreído. La verdadera bondad es inconsciente”.

Y San Francisco de Asís, en un diálogo con el hermano León, comentaba:

“La santidad no es un cumplimiento de sí mismo, ni una plenitud que se da. Es, en primer lugar, un vacío que se descubre, y que se acepta, y que Dios viene a llenar en la medida en que uno se abre a su plenitud. Mira, Hermano León, nuestra nada, si se acepta, se hace el espacio libre en que Dios puede crear todavía. El Señor no se deja arrebatar su gloria por nadie. Él es el Señor, el Único, el Santo. Pero coge al pobre por la mano, le saca de su barro y le hace sentar sobre los príncipes de su pueblo para que vea su gloria”[6].

Ese “vacío que se descubre” no es fácilmente digerible… a la vista de nuestros orgullosos ojos, que una y mil veces han juzgado mal sobre nosotros mismos, la verdad de nuestra nada puede aparecer aterradora. Me recuerda al vacío del cual habla el P. Hurtado cuando se refiere al don total de sí:

“De esta pérdida de sí mismo, no se ve, por un instante, más que el horror casi infinito; se duda ante el vacío horrible que se va a producir, pero no se imagina la plenitud que le debe seguir si se acepta, si se abandona, si se da el paso”[7].

Hay que llegar hasta ese vacío total, hasta esa nada que ya no ponga obstáculo al obrar de Dios. No tengo el libro a mano, pero San Juan de la Cruz en la Subida al monte Carmelo habla de que el Señor hace más santificándonos que creándonos porque, al crear, la nada no le opone resistencia, pero al santificarnos, nosotros sí se la ponemos.

Llegando a esta humildad dejaremos de juzgar a los demás, porque ya tendremos suficiente con nuestros propios defectos; podremos decir, con San Francisco Javier: “mis infinitésimos pecados”[8].

Meditando en la parábola del fariseo y el publicano, me sentía cómodo pensando que yo era el publicado arrepentido y humilde, pero leyendo un libro me di cuenta que aunque obre como el publicano, me siento superior, como el fariseo… bue… la única solución es la humildad.

Gozosos de la nada que somos, tampoco podremos enorgullecernos de nuestras obras, que son más de Dios que nuestras, y podremos hablar, con verdad –como lo hacía el mismo san Francisco Javier– de “nuestros pequeños y flacos servicios”[9], y de que servimos a Dios “según nuestras pequeñas y flacas fuerzas”[10]. Si eso decía él… ¿qué queda para nosotros? Volvemos a lo mismo: conocer su miseria hizo posible que Dios hiciera en él lo que hizo. San Franciso Javier

Reconociendo nuestra incapacidad, confiaremos más francamente en el auxilio divino, con toda la paz que eso trae consigo. Escribía el mismo santo:

“Una de las cosas que nos da mucha consolación y esperanza muy crecida, que Dios nuestro Señor nos ha de hacer merced, es un entero conoscimiento que de nosotros tenemos, que todas las cosas necesarias para un oficio de manifestar la fe de Jesucristo, vemos que nos faltan; y siendo así que lo que hacemos sólo es por servir a Dios nuestro Señor créscenos siempre esperanza y confianza, que Dios nuestro Señor para su servicio y gloria, nos ha de dar abundantísimamente en su tiempo todo lo necesario[11].

También nos llevará a ser agradecidos con Dios por las cosas que nos hace conocer y hacer:

“Gracias hacemos a Dios nuestro Señor grandes, por habernos dado este conoscimiento y habernos dado fuerzas para el cumplirlo”[12].

Sabemos que la humildad va unida a la magnanimidad; seremos capaces entonces de emprender grandes obras por Dios sólo si nos apoyamos totalmente en Él y, además, confiando en que muchas veces su auxilio nos llegará por medio de otras personas, lo cual, no pocas veces, pide una humildad mayor. Es conocido que quien escribe estas cartas que estamos citando es, nada más y nada menos, el patrono de las misiones, quien emprendió tareas de celo apostólico como pocos en la historia de la Iglesia.

El siguiente fragmento pertenece a una carta que escribió antes de partir para oriente, a su misión, de la cual nunca volvió y que, luego de poco más de 11 años, terminó con su vida; notemos como deja claro que espera que Dios lo ilumine por medio de aquellos a quien dirige la carta (San Ignacio y otro jesuita):

“Por amor y servicio de Dios nuestro Señor, os rogamos que nos escribáis para el marzo que viene, cuando partirán las naos de Portugal para la India, muy a largo de las cosas que allá os paresciere, acerca del modo que debemos de tener entre los infieles; porque, dado que la experiencia nos mostrará parte del modo que debemos de tener, esperamos en Dios nuestro Señor que lo demás placerá a su divina Majestad darnos por Vosotros a conoscer de la manera que lo habemos de servir, como lo ha hecho hasta agora, y temiéndonos de lo que suele ser ya muchos acaescer, que, o por descuidos, o por no querer demandar y tomar de otros, suele Dios nuestro Señor negarles muchas cosas, las cuales daría si bajando nuestros entendimientos, pidiésemos ayuda y consejo en lo que habemos de hacer, principalmente a aquellas personas por medio de las cuales ha placido a su divina Majestad darnos a sentir en qué de nosotros se manda servir: os rogamos, Padres, y os suplicamos una y otra vez en el Señor [1Tes 4,1] por aquella nuestra estrechísima amistad en Cristo Jesús, que nos escribáis los avisos y medios para más servir a Dios nuestro Señor, que allá os paresciere que debemos de hacer, pues tanto deseamos la voluntad de Cristo nuestro Señor por vosotros sernos manifestada; y en vuestras oraciones ultra de la acostumbrada memoria, otra más particular os pedimos que tengáis, pues la larga navegación y nueva contratación [trato familiar] de gentiles, con nuestro poco saber, pide más y más favor del acostumbrado”[13].

Muchas otras cosas se podrían decir sobre los casi infinitos bienes que trae consigo la humildad. Y digo “casi infinitos” porque se trata justamente, como queda dicho de una y otra manera, de dejar obrar al Infinito en nosotros.

No hay santidad sin imitación de Cristo; de hecho estamos llamados a ser, cada uno a su manera, “otros Cristos” y decir con San Pablo Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gal 2,20). Bueno… empecemos como Él entonces, quien antes de hacer algo por nosotros se hizo nada, o sea se anonadó (Fil 2,7).

Claro está a estas alturas que estamos hablando de un don de lo Alto; es más, aunque algo podamos decir de esta virtud, hasta que no la obtengamos, estamos hablando de algo “a tientas”, o sea, que no conocemos. Así lo afirma San Juan Clímaco, quien luego de recoger lo que referían muchos maestros espirituales, concluyó: “humildad es una gracia del alma que no tiene nombre sino sólo en aquellos que han tenido experiencia de ella”[14].

Pidamos una y otra vez este gran regalo del cielo, teniendo bien presente lo que le dijo el Señor a los Apóstoles, un poco asustados por las exigencias del Evangelio: Jesús, mirándolos fijamente, dijo: “Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible” (Mt 19,26). Recemos también con el Salmista: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos (Sal 137,8).

Y además de pedir, hagamos lo que esté de nuestra parte… reconocernos soberbios es un buen comienzo.

Quien haya leído algún otro post habrá notado que si el tema no es exclusivamente de la Santísima Virgen, entonces sobre Ella tratan las últimas líneas… ¡Quién me diera una santidad y una pluma digna de tal Reina y Señora! Pero Ella también es Madre y, como tal, mira con dulzura cualquier esfuerzo que hagamos, por insignificante e imperfecto que sea, en orden a que sea más conocida y amada.

Bueno… si en ningún escrito me parece forzado terminar hablando de Ella, muchísimo menos lo considero al hablar de esta virtud que tanto brilló en la esclava del Señor (Lc 1,38). Ella, después de escuchar las alabanzas proferidas por su prima santa Isabel, prorrumpe en un canto que no hace más que atribuir absolutamente todo a su Dios; alaba y engrandece al Señor porque ha mirado su “nada” y porque ha hecho maravillas en su favor:

Y dijo María: “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador, porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre. Lc 1,46-49.

Y como la humildad no sólo mira a Dios sino que también a los demás, muy acertadas son estas palabras en verso que un poeta pone en labios de María, anhelando vivamente ser la esclava de quien sería la Madre del Mesías[15]:

(…)

¡Oh, siglo venturoso,
cumplimiento de tantos de
esperanza y llantos,
término no dudoso,
pues nacerá en tus días
aquella virgen que predijo Isaías!
¡Oh, si han de ser mis ojos
dichosos de mirarla,
aunque para buscarla,
la vida dé en despojos!
Y ¿qué más bien perdida
que por tan alto bien tan dulce vida?
Si de verla llegare
la venturosa hora,
y de ser mi señora
por dicha se dignare,
¿cómo la serviría?
Gloria es pensarlo sólo el alma mía.
¡Oh, como el tierno niño
que de esta virgen bella,
dejándola doncella,
nacerá blanco armiño,
sirviera yo de esclava!
¡Oh, tiempo, pues llegaste, acaba, acaba!

–––––––––

Más textos sobre el tema:

– En “Lecturas recomendadas” puede descargar “Naturaleza y Educación de la Humildad

– Letanías de la humildad del Cardenal Merry del Val. (Descargar AQUI)

– “Orgullo y pobreza espiritual”, texto del libro La Libertad interior, de Jacques Philippe. (Descargar AQUI)

“Nuestra imitación de Cristo”, texto del libro Un disparo a la eternidad, de San Alberto Hurtado. (Descargar AQUI)

– Dos capítulos de la imitación de Cristo sobre el amor a la Cruz. (Descargar AQUI

Ver todas las lecturas recomendadas, AQUÍ.



[1] Beato Manuel González en: Prólogo a la edición española, Francis Trochu, El cura de Ars, Ed. Palabra, Madrid, 199910, p. 10.
[2] Leídas de una edición anterior, de este libro: P. Carlos M. Buela, Catecismo de los jóvenes, IVE Press, New York (2006), p. 116.
[3] Imitación de Cristo, II, 12, 11.
[4] Carta 14: a la Madre Angélica Teresa (5 de septiembre de 1917).
[5] Citado en: Abbé Monnin, Espirit du Curé d’ Ars, ed. P. Téqui, 1975, p. 141.
[6] Sabiduría de un pobre, Eloí Leclerc, Ed. Marova, págs. 129-130.
[7] San Alberto Hurtado, Un disparo a la eternidad, p. 138.
[8] Carta y escritos de San Francisco Javier, Documento 50, la BAC, 4º edición, p. 226.
[9] Ibid. Doc. 11. A los Padres Ignacio de Loyola y Juan Coduri, Roma. Lisboa 18 de marzo 1541.
[10] Ibid. Doc. 13. A sus compañeros residentes en Roma. Mozambique 1º de enero 1542.
[11] Ibid.
[12] Ibid.
[13] Ibid. Doc. 11. A los Padres Ignacio de Loyola y Juan Coduri, Roma. Lisboa 18 de marzo 1541
[14] San Juan Clímaco, La escala espiritual, c. 25.
[15] En: Poesía colonial hispanoamericana editado por Horacio Jorge Becco.

7 comentarios:

  1. Santos Tulio Rivera Laínez

    Gracias por su mensaje edificante, Dios sigue hablándonos a través de su hijos—

  2. Gloria de Maria

    Padre como siempre, sin desperdicio! Alimento para el alma! Que Dios le siga inspirando, que le conceda la gracia de permanecer humilde y le mantenga en el camino a la santidad. Todo sea para honra y gloria de Dios! Gracias!!!!

  3. P. Gustavo Lombardo, IVE

    Gloria, me hizo reír…; muchas gracias por los deseos, pero no tendría que concederme la gracia de “permanecer” sino de “llegar a serlo”. Para Dios nada es imposible! Bendiciones!

  4. gabriela ríos salgado

    Que el Espíritu Santo siga guiando esta obra de Dios que esta llevando a cabo por medio de este blog, todos los temas han sido para provecho de mi alma. Gracias Padre Lombardo.
    Que Dios lo bendiga y mamá María lo siga acompañando en su caminar.

  5. P. Gustavo Lombardo, IVE

    Muchas gracias, Gabriela! Cuánto me alegro! Y también qué importante es que seamos dóciles al Espíritu Santo! Tenemos que examinarnos sobre eso todos los días. Como decía un autor: “que alguno haga la prueba, durante tres meses, de no rehusar absolutamente nada a Dios, y verá qué profundo cambio experimentará en su vida”

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