“¡Oh, qué buen Dios que tenemos!”

«El Hijo de Dios sufrió hasta la muerte, no para que el hombre no sufriese, sino para que sus sufrimientos sean como los suyos»[1].

Jesús, entonces, sufre para enseñarnos a sufrir, porque del sufrimiento es imposible librarnos totalmente en esta vida. Y dentro de sus enseñanzas está el hecho de mostrarnos que a la Cruz, al sufrimiento, no hay que esquivarle. San Lucas en un versículo de su Evangelio nos muestra la firme decisión del Señor de subir al Calvario:

“Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén” (Lc 9,51).

Después de este versículo, Lucas va a relatarnos la vida del Señor como un ascenso continuo a Jerusalén, llamado por los exégetas “Iter lucano”.

Es muy sabida, muy predicada, muy meditada –aunque nunca sea suficiente– la importancia de la Cruz en nuestra vida… San Juan de Ávila dice que conocía gente que de modo perseverante había meditado diariamente la Pasión de Cristo sin alcanzar mayores frutos… pero finalmente, luego de años, Nuestro Señor le alcanzó mercedes tales con respecto a este misterio, que muy bien dieron por pagados todos sus esfuerzos.

 

Amor de Dios Padre

De todos modos, en esta oportunidad quería considerar algo que aparentemente contradice este importantísimo misterio del dolor, de la cruz, del sufrimiento… Me refiero a que hay en nosotros una fuerza arrolladora, que brota de lo más profundo de nuestro ser; fuerza de la cual nadie ha podido ni podrá escapar y si intenta hacerlo, si intenta evadirse de ese impulso interior, lo único que producirá será la confirmación de su existencia y su vehemencia: me refiero al deseo de ser felices. Dios nos creó para eso… es, por tanto, a modo de un “instinto divino” que nos empuja, nos arrastra, siempre, invariablemente a buscar la felicidad total, la alegría completa, la paz interminable…

Y he aquí el problema: la cruz, de entrada al menos, no se presenta como una fuente de felicidad sino de tristeza; ¡vamos…! La cruz, de suyo, no nos da felicidad… y de ahí que nos cueste tanto tomarla sobre los hombros y seguir al maestro: ¿y qué pasa con el deseo de felicidad?…

– Podrán responderme: la cruz, para quien ama mucho a Dios, es fuente de alegría; y podemos citar de memoria a Santa Teresita: “he llegado a no poder sufrir porque me es dulce todo sufrimiento”.

Pero, pregunto ¿y mientras no llegamos a amar tanto a Dios como para que se nos haga dulce todo sufrimiento?… porque el amar más a Dios no está en nuestras manos “así nomás”… sino todos seríamos santos de un momento para otro, ya que ¿quién de nosotros no querría amar a Dios tanto como los santos que se alegraron por sufrir por Él? Y esto tanto por Dios como por nosotros mismos, ya que como dice el Kempis, quien ha llegado a amar tanto que siente felicidad en el sufrir, ha hallado el paraíso en la tierra.

Por eso… como amar tanto a Dios no se da de un día para el otro… yo no creo que la felicidad sea sólo para cuando lleguemos a ese grado tan elevado de amor, de unión. Es tanto el deseo de ser felices, que sostengo que debemos serlo no solo al final del camino, sino mientras vamos en viaje…

– También podrán decirme que se da la felicidad, aún en medio de las cruces, por razón de la esperanza en el Cielo; o sea, no soy feliz ahora por lo que vivo, pero sí lo soy por lo que viviré… y me pueden citar las bienaventuranzas: bienaventurados los que sufren porque serán consolados, los mansos porque poseerán la tierra, y podríamos seguir citando verbos en futuro…

Entiendo a lo que van… y podrían también citarme a San León Magno, quien dice: “empezamos a ver con los ojos de la fe las cosas futuras, alegrándonos de la exaltación de nuestra naturaleza, porque para nosotros es lo mismo creer que poseer[2].” Pero yo seguiría insistiendo en que el deseo de felicidad pide ir saciándose aun cuando no lleguemos a tener tanta fe ni tanta esperanza; aun cuando el saber que por gracia de Dios estaremos algún día en el Cielo, no llegue esto a hacernos totalmente felices porque, de hecho, todavía en el Cielo no estamos…

¿A qué voy? ¿Qué estoy tratando de decir?… Lo que quiero decir es que debemos afinar nuestro discernimiento y no cargar sobre nuestros hombros cruces que el Señor no quiere que carguemos; cruces que nos inventa el demonio o nuestra naturaleza enferma; cruces que vienen de nuestra falta de entrega a Dios; cruces, en definitiva, que no nos santifican, sino que son un obstáculo para llegar a Él.

  • Felicidad de Nuestro Señor y de los santos

 Es cierto, conocemos las terribles cruces de los santos, de las cuales cuando en la vida nos roza alguna, ya gemimos de dolor y suplicamos que Dios nos libre de ella… pero también conocemos –o al menos deberíamos conocer– las grandísimas y especiales visitas que han tenido de parte de Dios. No, no podemos decir que los santos no fueron felices, ¡y muy felices!, y no solamente cuando llegaron a la cúspide de su vida espiritual, sino también cuando iban camino hacia ella.

Comencemos por Nuestro Señor: sí, por supuesto, como afirma santo Tomás, nadie ha sufrido jamás como Él en la Pasión… y también podemos decir con toda verdad, que la Encarnación fue un acto de abismal humillación, con la gran cruz que implica algo así… pero no olvidemos que el alma de Jesucristo gozaba de la visión beatífica y, salvo en la Pasión, donde por amor a nosotros de algún modo quiso privarse de ella, al menos en cuanto a los efectos –de ahí aquel: Dios mío, por qué me has abandonado–, salvo en ese momento, no ha habido hombre en la tierra más feliz que Nuestro Señor Jesucristo.

Y aún dentro del misterio… aún en su Cruz, era feliz…

Afirma San Juan Pablo II en la Novo Millenio Ineunte:

“En el Diálogo de la Divina Providencia Dios Padre muestra a Catalina de Siena cómo en las almas santas puede estar presente la alegría junto con el sufrimiento: «Y el alma está feliz y doliente: doliente por los pecados del prójimo, feliz por la unión y por el afecto de la caridad que ha recibido en sí misma. Ellos imitan al Cordero inmaculado, a mi Hijo Unigénito, el cual estando en la cruz estaba feliz y doliente». Del mismo modo Teresa de Lisieux vive su agonía en comunión con la de Jesús, verificando en sí misma precisamente la misma paradoja de Jesús feliz y angustiado: «Nuestro Señor en el huerto de los Olivos gozaba de todas las alegrías de la Trinidad, sin embargo su agonía no era menos cruel. Es un misterio, pero le aseguro que, de lo que pruebo yo misma, comprendo algo»[3].

Agreguemos unos párrafos de San Alfonso María de Ligorio, tomados de Preparación para la muerte, libro que aunque a la sensibilidad moderna, por su título, asuste un poco, no deja por eso de ser hermoso, de mucho provecho para la vida espiritual y, por tanto, muy recomendable –y no solo para días antes de morir–:

“¡Cómo sabe Dios contentar a las almas fieles que le aman! San Francisco de Asís, que todo lo había dejado por Dios, hallándose descalzo, medio muerto de frío y de hambre, cubierto de andrajos, mas con sólo decir: «Mi Dios y mi todo», sentía gozo inefable y celestial.

San Francisco de Borja, en sus viajes de religioso, tuvo que acostarse muchas veces en un montón de paja, y experimentaba consolación tan grande, que le privaba del sueño. De igual manera, San Felipe Neri, desasido y libre de todas las cosas, no lograba reposar por los consuelos que Dios le daba en tanto grado, que decía el Santo: «Jesús mío, dejadme descansar.»

El Padre jesuita Carlos de Lorena, de la casa de los príncipes de Lorena, a veces danzaba de alegría al verse en su pobre celda. San Francisco Javier, en sus apostólicos trabajos de la India, descubríase el pecho, exclamando: «Basta, Señor, no más consuelo, que mi corazón no puede soportarle.» Santa Teresa decía que da mayor contento una gota de celestial consolación que todos los placeres y esparcimientos del mundo.

Y en verdad, no pueden faltar las promesas del Señor, que ofreció dar, aun en esta vida, a los que dejen por su amor los bienes de la tierra, el céntuplo de paz y de alegría (Mt., 19, 29).

¿Qué vamos, pues, buscando? Busquemos a Jesucristo, que nos llama y dice (Mt., 11, 28): «Venid a Mí todos los que estáis trabajados y abrumados, y Yo os aliviaré.» El alma que ama a Dios encuentra esa paz que excede a todos los placeres y satisfacciones que el mundo y los sentidos pueden darnos (Fil., 4, 7)”[4].

  • Dios: ¿quién ama cómo Él?

¿Qué estoy tratando de decir entonces? Que no olvidemos que Dios es amor y que, por tanto, Nuestro Señor es el amor encarnado, y de ahí que nadie pueda amar como Él. Unamos el amor de todas las madres y los padres del mundo y, en comparación con el amor de Dios, sería menos, infinitamente menos, que la comparación de una gota con la inmensidad, no del mar, sino de miles de océanos…

Pregunto: una madre, un padre ¿se alegran de ver sufrir a sus hijos? ¿No tratan de impedirlo lo más que puedan? ¿No buscan a toda costa que sean felices? ¿No es acaso la felicidad de los hijos la mayor felicidad de los padres? Y sí, es cierto, para educarlos deberán corregirlos, darles penitencias algunas veces, hacer que enfrenten cosas que les hagan sufrir y eso también es amor y muchas veces van a sufrir más ellos que sus hijos… pero aún en estas cosas, tratarán de que sufran lo menos posible… una mamá, cuando su bebé debe dejar de tomar el pecho, rodeará de mil y un cariños “extras” y atenciones, y piruetas, y canciones a su hijito, para hacerle más llevadero ese trance que, a esa edad, es una verdadera cruz.

Lo mismo pasa en la formación: una superiora, un superior… sí, ponen a prueba a sus hijos, pero si con una mano tienen que mostrar cierta aspereza –por el bien de ellos y en contra de lo que ellos mismo querrían–, por otro lado no dejan de prodigar más y más cariño. La misma Santa Teresita lo hacía así… ¡y cuánto la querían! San Juan de la Cruz era tan querido por sus hijos espirituales que aseguraban que por gozar de su gobierno le seguirían adondequiera que vaya; uno incluso, el padre Juan Evangelista, llegó a pedírselo a su provincial[5].

De Juan Pablo II se cuenta que una vez, siendo obispo de Cracovia, citó a uno de sus sacerdotes y le llamó la atención de manera enérgica porque le habían llegado testimonios de que manejaba de manera imprudente; por eso, también le quitó su licencia de conducir. Y cuando el sacerdote estaba llegando a la puerta para retirarse, Mons. Karol lo llamó y le dijo: “¿Y cómo hará este padre para visitar a tantos enfermos y auxiliarlos con los santos sacramentos sin su licencia?”  Y se la devolvió…

Y qué, ¡¡¡¿¿¿Vamos a pensar acaso que Dios ama menos, que Dios tiene menos delicadezas con nosotros…???!!!

La beata María Teresa Haze, les decía siempre a sus hermanas: el Señor presenta la cruz con una mano y la consolación con la otra”. Y la Escritura nos testimonia: Por algún tiempo sufrirá el que padece, mas después será consolado (Eclo 1,29). ¿Por quién? Dios responde: “Yo, yo soy tu consolador” (Is 51,12), el mismo al cual San Pablo llama Dios del consuelo (cfr. Rom 15,14).

Veamos lo que le dice Nuestro Señor a Santa Faustina:

“Una vez el Señor me dijo: Mi Corazón ha sido conmovido por una gran compasión hacia ti, hija Mía queridísima, cuando te he visto hecha pedazos por el gran dolor que sufrías mientras deplorabas tus pecados. Yo veo tu amor tan puro y sincero que te doy la prioridad entre las vírgenes, tú eres el honor y la gloria de Mi Pasión. Veo cada humillación de tu alma y nada se escapa a Mi atención; elevo a los humildes hasta Mi trono, porque así es Mi voluntad”[6].

Y veamos que dice la santa de la misericordia:

“Oh Jesús, Amigo del Corazón solitario, Tú eres mi puerto, Tú eres mi paz, Tú eres mi Única salvación.  Tú eres la serenidad en los momentos de lucha y en el mar de dudas.  Tú eres el rayo brillante que ilumina el sendero de mi vida.  Tú eres todo para el alma solitaria.  Tú comprendes al alma, aunque ella permanezca callada. Tú conoces nuestras debilidades y como un buen médico consuelas y curas, ahorrándonos sufrimientos, como un buen experto[7].

  • Sentir el amor de Dios

Continuando de algún modo con el post anterior[8], digamos que tenemos necesidad de experimentar, y hasta donde nos sea posible, “sentir” el amor de Dios en nuestras vidas. Hago hincapié ahora, un poco más, en el hecho de que ese Dios amante quiere, más que nosotros mismos, nuestra felicidad –¡es que no se puede amar de otra manera–, y cuando digo felicidad no estoy haciendo ninguna distinción entre eterna o temporal, porque la felicidad es una sola, es Él. Y sí, es verdad, por sobre todo querrá que lleguemos a verlo cara a cara, pero eso no quita, sino al contrario, que quiera que seamos todo lo más felices que podamos ya en esta vida. Y como decíamos, seremos felices en la medida en que nos sepamos amados…

Aprendamos a ver entonces en nuestra vida cuánto Dios nos ama… y aprendamos también a discernir los acontecimientos, los pensamientos… de acuerdo a esa regla. ¿No es acaso lo que nos dice San Ignacio en las primeras reglas de discernimiento de los Ejercicios Espirituales? Lo resume San Juan Berchman así: “todo lo que trae inquietud es del diablo”.

De cuántas mentiras el demonio nos quiere persuadir y cuánta tristeza nos traen; solo por poner algunos ejemplos:

  • Que no vamos a llegar a ser santos… que nunca voy a superar este defecto… ¡mentira…! ¿acaso nos hace feliz ese pensamiento?…
  • Y qué decir de los escrúpulos…
  • Que no valgo para los demás, que no soy útil, que no me quieren…, y de ahí tampoco Dios me quiere, ni me valora… ya hablamos de esto.
  • ¡Cómo trata el demonio de no permitirnos disfrutar de las cosas buenas que Dios nos regala a diario! O porque sólo nos hace ver las cosas malas, o alejarnos de las buenas –o no aprovecharlas como debiéramos–, con el pretexto de que hay que “cuidar los excesos”. Por supuesto que hay que mortificarse y ofrecer a Dios muchos sacrificios (¡a cada paso la vida nos da esa posibilidad!) pero eso no quita que no podamos (incluso mejor aún “debamos”) aprovechar las cosas buenas que Dios nos regala (sino, ¿para qué nos las da?). Y sí, muchas veces por amor a Dios deberemos sacrificar cosas que ese mismo amor de Dios nos regala, justamente porque valoramos mucho más a Dios que a sus dones; pero sucede a veces que no aprovechamos las cosas que sí deberíamos aprovechar y eso trae consigo que se nos haga demasiada pesada la vida, la virtud, la búsqueda de la santidad… claro es entonces que “ahí” no está Dios.

Escuchemos a San Rafael Arnáiz, llamado por Juan Pablo II “místico del siglo XX”; cómo sabía aprovechar y disfrutar cosas tan sencillas:

“Todo tiene recompensa, en el cielo y a veces también en la tierra…el reverendo padre abad nos ha premiado a la comunidad por lo bien que ha salido el canto en estos días, con un alivio en la comida de hoy, de dos huevos fritos y una taza de café. Como veis, también en la Trapa se hacen algunas veces extraordinarios… los dos huevos fritos me han sabido a gloria![9]”.

Si el santo se alegraba así por dos huevos fritos y una taza de café, cuánto se habrá alegrado por ejemplo con la compañía de sus seres queridos y cómo los habrá aprovechado en la medida que la Trapa se lo permitía.

Y sí, Dios hace cooperar todo para bien de nuestras almas, y muchas veces no hay nada mejor que una buena cruz para santificarnos, pero sin duda tenemos que afinar nuestro discernimiento y si hay algo que me crucifica demasiado, tanto que casi no lo puedo llevar, algo que me hace llorar a escondidas muy seguido, algo en lo que no llego a ver cuánto Dios me ama… no llego a sentirlo… probablemente estemos enfrentando a un fantasma…

Sepamos también aprovechar todo lo que Dios nos regala… tanto en lo humano como en lo sobrenatural… sepamos reconocer las caricias de Dios en nuestra vida y alegrarnos por eso… si esperamos una noticia… ¿por qué pensar lo peor? Si viene, aún eso “peor”, va a ser lo mejor, porque nos lo manda el más amoroso de los Padres; pero quizás ni siquiera sea “lo peor”; quizás nos preparamos para levantar un balde muy pesado y después nos caemos sentados al piso porque estaba vacío…

Podemos y debemos ser felices, porque el Reino de Dios ya existe en este mundo, no hay que esperar al otro. ¿Y cuál es ese Reino? El ser amados infinitamente. Esa es la fuente de todas las alegrías.

“¡Oh, qué buen Dios que tenemos!”[10] Esa respuesta, dada por San Juan de la Cruz a una religiosa al verle el rostro radiante de alegría, es la que tenemos que repetirnos una y otra vez… Veremos que, en todas nuestras tristezas, de un modo u otro, es esa la idea que se opaca, se esconde, se escabulle; porque de un modo u otro, las tristezas nos vienen por no sentirnos tan amados como lo somos.

Jesús… vivió 30 años con María… y la tuvo junto a la Cruz… ¿quién como Él conoció el consuelo del amor humano como fiel reflejo del amor de divino…?

 

[1] George McDonald, Unspoken Sermons. First Series. Quoted by: C. Lewis, The Problem of Pain, in: The Complete C. S. Lewis Signature Classics, New York, Harper One, 2002, p. 368. En inglés es mucho más fino: «the son of God suffered unto death, not that men might not suffer, but that their sufferings might be like his».

[2] San León Magno – Sermón sobre la Resurrección; Verbum Vitea IV p. 42

[3] San Juan Pablo II, Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, 27.

[4] San Alfonso María de Ligorio, Preparación para la muerte, Consideración 21. Vida infeliz de pecadores y vida dichosa del que ama a Dios.

[5] Cf. Crisógono de Jesús Sacramentado, Vida de San Juan de la Cruz, B.A.C, Madrid13, 1997, p. 272.

[6] Diario, 282.

[7] Diario, 243.

[8] Padre… ¿me quiere?

[9] San Rafael Arnáiz, De la carta a sus padres, desde el monasterio (1 de abril de 1934).

[10] Crisógono de Jesús Sacramentado, Vida de San Juan de la Cruz, B.A.C, Madrid13, 1997, p. 287.

6 comentarios:

  1. Daniel Patiño

    Que hermosa reflexión nos has entregado Padre Gustavo, llena del Espíritu Santo. Un hermoso encuentro con el Señor que nos hace reflexionar cada palabra y que comparto con todos.

    La imagen de la CRUZ, en principio, nos hace sentir: dolor, sufrimiento, tortura, tristeza, amargura, FRACASO (nuestro Mesías, nuestro Rey muerto, humillado,….) Y, más aún, desde nuestro interés personal y egoísta: “yo pensaba seguir a un triunfador, a un REY, a un “exitoso-ganador-winer”, poderoso,…. Y ahora a quién seguiré……” Esta es la respuesta de nosotros cuando nos ata y esclaviza la ideología del mundo, de este reino mundano. Pero si lo vemos desde la dimensión del Reino de Dios, desde su ideología divina, esa CRUZ misericordiosa es nuestra “salvación”, la “vida eterna gozosa junto a Dios”. Entonces, esa CRUZ es nuestra “redención”, y cada vez que la veamos, vemos nuestra salvación, la paz, la felicidad plena que no tiene fin…

    Viendo la CRUZ y al Señor crucificado, también me viene el sentimiento de culpa, por mi culpa, por nuestra culpa, que miserable somos…. Sentimiento que nos debe llevar a decir Señor, perdón, perdón, contra Ti pequé, contra el Cielo pequé, ten piedad de mi y dame las gracias necesarias para acabar con mis ofensas hacia TI…

    También veo mi cruz, y es de sufrimiento, dolor, todos cargamos una, pero si reflexionamos profundamente: cuánto de enseñanza nos ha dado y nos da cada día, cuánto nos ha transformado y nos sigue transformando, cuánto de sabiduría, paciencia, mansedumbre, piedad, y amor hemos ganado y estamos ganando con ella a cuesta, hasta nos ha hecho cada vez aferrarnos más a El e ir a El……. Bendito y alabado seas Señor, Gloria a nuestro Padre Celestial, al Hijo, nuestro Hermano, y al Espíritu Santo que nos transforma cada día para ser ese santo que Tu quieres.

    Creo que el Señor, nuestro Maestro, hasta en ese momento de tribulación en el huerto de los olivos en el que quiso aflojar y esquivar el sufrimiento que se le venía nos dejaba una “enseñanza”, enseñanza que le costó sudar sangre; que no era aquel sufrimiento que veía de ser torturado físicamente, humillado ante el pueblo, y su muerte crucificado en la cruz. Sino aquel sufrimiento de que siendo santo “debía asumir plenamente todos nuestros pecados y los del mundo entero (las miserias más miserables del ser humano)”, pasados, presentes y futuros, y que conlleva a la inevitable “separación del Padre” producida por ese pecado ajeno. Ese abandono, esa separación del Padre -por culpa del pecado asumido, pecado ajeno- fue el sufrimiento más terrible que un hombre puede sufrir-. Sin embargo, su felicidad fruto de su amor al Padre y a nosotros fue más que ese sufrimiento y dolor que veía. Pues por amor estaba haciendo la “voluntad de Dios Padre” y con todo amor y misericordia entregando su vida por la salvación del género humano, eso decidió el destino de la humanidad. Gracias Señor por decir esas palabras, “Padre que no se haga mi voluntad sino la tuya”.

    Me queda en mi corazón para que resuene con estas fraces:

    – Dios amante quiere, más que nosotros mismos, nuestra plena felicidad.
    – Podemos y debemos ser felices, porque el Reino de Dios ya existe en este mundo, no hay que esperar al otro. ¿Y cuál es ese Reino? El ser amados infinitamente. Esa es la fuente de todas las alegrías.
    – Cuidado, las tristezas nos vienen por no sentirnos tan amados como lo somos. Todo lo que trae inquietud es del diablo.

    ¡Oh, Padre Gustavo, qué buen Dios nos mostraste, que buen Dios tenemos!

    Gracias Padre Gustavo, que el Señor te bendiga y la Virgen siempre te proteja.

    Daniel de San Juan, Argentina.

  2. Padre Gustavo, Gracias por compartir con nosotros estas verdades sobrenaturales;realmente me han conmovido hasta las lágrimas.
    Me hice el propósito de encomendarle a Ud todos los Domingos en la Santa Misa para que el Buen Dios y Nuestra Buena Madre le bendigan copiosamente.
    Con afecto,
    Oswaldo Ponce
    ECUADOR

  3. Gpe. Del Carmen Garza Salazar

    No dejo de maravillarme por las obras del Espíritu Santo que nos habla de manera tan clara y directa, nos anima, instruye y consuela.
    Este artículo ha sido para mí oro puro, ayer después de días de no conectarme al FB, tuve un poco de tiempo y lo hice, y al hacerlo, apareció justo este repito, gran tesoro, que vale no digo oro, sino vida eterna, comprada al precio nada menos que de la Sangre de Jesucristo y que me ha dado una inmensa alegría y gozo en el Espíritu en medio del dolor que me aqueja y que se ha endulzado y borrado al sentir ese amor tan grande de Dios, que efectivamente tuvo las consecuencias que nos comparte padre, la verdad no pude dormir de contento y todas estas palabras resonando una y otra vez en mi mente.
    Agradezco infinitamente la bondad de Dios, que efectivamente por un lado nos regala la Cruz y por otro el consuelo, este artículo ha sido mi paz, mi gozo y mi consuelo.
    Y agradezco también a Dios por sacerdotes como usted, llenos de sabiduría, misericordia y del Espíritu Santo.
    Que al compartirnos, se llene cada vez más y sea un torrente del Espíritu de Dios que en usted vive.
    Un afectuoso saludo, mi eterno agradecimiento por encaminarnos a los brazos de Dios.
    Que sea el mismo Dios quien le pague lo que yo no puedo.

  4. Estimado padre Lombardo, MUCHAS GRACIAS por compartir su artículo, es una muestra de cuánto DIOS nos ama. Oramos mucho por usted y todos los sacerdotes pues son los puentes que nos llevan a El. ¡Qué el Señor le siga bendiciendo y la Virgen Santísima le ilumine siempre!.

  5. Brisa María gonzalez

    Muchas gracias Padre Gustavo, por recordarnos cuántos Dios nos ama, y que la felicidad está aquí, ahora, en Su amor, sin importar por lo que pasemos. Pues en su infinito amor, será sin Duda lo mejor.

    Cuente con mi oración por sus necesidades y para que siga siendo un Sacerdote Santo.

    Que Dios lo siga bendiciendo!

  6. P. Gustavo Lombardo, IVE

    Muchas gracias, Brisa! Rece para que llegue a serlo…
    Bendiciones!

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