Nunca tan Madre como en Caná

La Santísima Virgen, al engendrar en su seno virginal al Hijo de Dios, cabeza de la Iglesia, también concibió, en el mismo momento, al resto del Cuerpo Místico que somos todos los bautizados, hijos de Dios e hijos de María, y en ambos casos “hijos en el Hijo”.

Si bien, entonces, María es nuestra Madre desde la Encarnación, no hay pasaje en el Evangelio donde quede esto mejor reflejado que en la Cruz, donde el Señor lo hace manifiesto con aquel he ahí a tu hijo… he ahí a tu madre (Jn 19,27).

De todos modos, en el pasaje que la Iglesia este domingo nos ofrece para meditar, se pueden reconocer algunos gestos maternales que quizás no llegan a percibirse tan claramente en la Cruz ni en ninguna otra parte del Evangelio.

Caná de Galilea

Recordemos brevemente (Jn 2,1-11): están presentes en la misma boda María, Jesús y sus primero discípulos. La Virgen, bien femenina para estar en los detalles y bien madre para socorrer a sus hijos, le pide a Jesús que haga su primer milagro. La respuesta del Señor, traducida literalmente es la siguiente: ¿qué a ti y a mí, mujer?, todavía no ha llegado mi hora. María manda a que le hagan caso y Jesús hace el milagro de convertir el agua en vino.

Mons. Fulton Sheen explica hermosamente este pasaje mostrando qué implicaba el hecho de que María pidiese ese milagro al Señor.

De hecho, aparentemente la respuesta del Señor es un tanto “fría”, pero ¡guay con adjudicar al Señor la más mínima falta en su conducta! Y esto, en cualquier momento de su vida. De lo contrario ¿cómo permanecer en la verdadera fe de que es Dios hecho hombre si se piensa que se deja llevar por la impaciencia o por cualquier otro defecto como cualquiera de nosotros? ¡Dios nos libre y nos guarde de semejante cosa! Por lo cual, si hay algún pasaje en la Escritura en que nos parece que Jesús o María comenten la más ligera falta o imperfección, obviamente los equivocados somos nosotros…

¿Por qué, entonces, esta respuesta del Señor? Como explica aquel que escuchó de labios de San Juan Pablo II “Has escrito y hablado bien de nuestro Señor Jesucristo”, la respuesta del Señor tiene un trasfondo que a simple vista se nos escapa. El Señor le dice que todavía no ha llegado “su hora” y con estas palabras en el Evangelio de San Juan Jesús hace referencia, y no pocas veces, a su Pasión, a su Cruz. Él sabía perfectamente que si hacía un milagro iba a comenzar a dar muestras de que era la Luz y, por tanto, también comenzarían las tinieblas a hacerle guerra a muerte.

Su Madre, entonces, le estaba pidiendo que comenzara a caminar hacia el Calvario y, ante semejante pedido, no parece para nada poco caritativo o delicado que el Señor respondiera lo que respondió. Podemos, incluso, imaginar el más dulce de los gestos con esas palabras y en esas circunstancias, y no parecería que podría haber respondido de mejor manera (de hecho, es imposible… sino no sería Dios); fue como decirle: mamá, no me envíes todavía a la Cruz… Solo mostró que tenía una naturaleza humana que rehusaba el sufrimiento, como también se lo mostró a su Padre en Getsemaní.

Vemos así la heroica virtud de María que cual otra Macabea, y superándola con creces, envía a su Hijo al martirio más cruento; y por otro lado vemos a su Hijo obedeciendo, también heroicamente, al más difícil mandato que su tierna madre le hizo en toda su vida… Dos actos que entrelazan el amor verdadero y su inseparable contracara, al menos mientras estamos en este mundo: la Cruz.

Pero hay aquí un contraste que me parece bueno hacer notar. La Santísima Virgen, a su Unigénito, al Eterno encarnado, al fruto bendito de su vientre, a quien amaba de una manera que ni siquiera podemos imaginar, lo envió al sufrimiento y a la Cruz; pero con esa parejita de recién casados en quienes estamos figurados nosotros, hijos en el Hijo, no obró de la misma manera, y no solamente no les pidió o aconsejó algún padecimiento, sino que no permitió que se les echara a perder su fiesta de bodas, habiendo tenido incluso para esto, que adelantar “la hora” del Señor.

¡Qué contraste! Al Hijo, inmaculado, santísimo, lo envía a la Cruz; y a sus hijos, débiles pecadores, los  hace de intercesora para que no sufran, para que tengan la mejor fiesta de bodas.

Tan Madre en un caso como en el otro, y justamente por eso su amor maternal se adapta, se acomoda, se amolda a la situación, al momento, a las necesidades del Hijo y de sus hijos, y todo, por supuesto, siendo la más perfecta esclava del Señor y cumpliendo con la mayor perfección su Palabra (cf Lc 1,38).

Tampoco dejemos de notar que en esta manera de actuar, por un lado María elije lo que para Ella también es más crucificante, y por otro lado imita, de manera insuperable, al Padre Celestial, quien en lugar de entregarnos a la Cruz a nosotros, pecadores, lo envía a su Hijo[1]: Dios no perdonó a su propio Hijo sino que lo entregó por todos nosotros (Rm 8,32).

Y, por supuesto, lo que ocurre en el Evangelio sigue ocurriendo y ocurrirá hasta el fin de los tiempos: siempre la Santísima Virgen nos ayudará, nos protegerá e irá permitiendo que suframos solo cuanto y como nos sea posible sobrellevar esas cruces. A veces hasta nos enviará a la Cruz, como a su Hijo, pero solo porque sabe que no hay otro camino al Cielo y siempre sabiendo que el sufrimiento mayor, por lejos –diríamos por una infinitud de lejanía– lo llevó y lo llevará su Unigénito.

Agreguemos un detalle no menor: si María pudo auxiliar a esta parejita fue porque los recién casados habían pensado en Ella y la habían invitado a su boda. Es cierto que ahora Ella es Reina y Madre de todo lo creado y por tanto puede –y de hecho lo hace– auxiliarnos sin que se lo pidamos, sin que la tengamos presente; pero no hay duda alguna que la mejor manera de asegurarnos sus más tiernas finezas maternales, es pensando en Ella y teniéndola lo más posible presente en nuestra vida.

Transcribo un par de párrafos donde San Luis María en su inmortal “Tratado de la verdadera devoción” y en su correlativo “El Secreto de María”, citando a otros grandes santos marianos, da muestras de lo que vengo diciendo:

“Siguiéndola, no te extravías; implorándola, no pierdes la esperanza; pensando en ella, no yerras. Si ella te sostiene, no caes; si te protege, no tienes que temer; si te guía, no te cansarás; si te es propicia, llegas seguro al puerto”[2]. (San Bernardo)

“La Santísima Virgen no está sólo retenida en la plenitud de los santos; sino que también Ella retiene y guarda a los santos en sus plenitud, a fin de que no disminuya; impide que se disipen sus virtudes, que sus méritos perezcan, que sus gracias se pierdan, que los demonios los dañen; en fin, impide que Nuestro Señor los castigue cuando pecan”[3]. (San Buenaventura)

Lo que María nos alcanza de su Hijo es siempre mucho más de lo que merecemos (¡las madres siempre hacen de más…!); y así vemos que el Señor convirtió el agua no en cualquier vino, sino en el mejor (tú has guardado el vino bueno hasta ahora) y no en poca cantidad, sino en más de 500 litros… que sin duda era mucho más de lo que hacía falta para la boda. Así es María porque así son las madres… y nadie tan Madre como Ella.

Pero siempre también Ella nos recomendará lo que les dijo a los sirvientes: haced lo que Él os diga.

“¡Oh Virgen Santísima! ¡Bondadosa Madre mía! ¡Cuán felices son, lo repito en el arrebato de mi corazón cuán felices son quienes sin dejarse seducir por una falsa devoción, siguen fielmente tus caminos observando tus consejos y mandatos! pero, ¡ay de aquellos que, abusando de tu devoción, no guardan los mandamientos de tu Hijo! ¡Infelices los que se apartan de tus mandatos!”[4]. (San Luis María)

Una persona devota de la Virgen me comentaba hace unos días que el beato Manuel González cuenta que a un niño que se estaba preparando a recibir la comunión le preguntó si quería a Jesús, a quien por primera vez iba a recibir. Y él le respondió que prometía quererlo más cuando lo conociera y tratara más, y dijo: “porque pa querello hay que rosallo…” (“hay que rozarlo”).

Me decía esto justamente para destacar la importancia de tener lo más presente que podamos en nuestra vida a la Santísima Virgen. No dudemos que así recibiremos grandes bendiciones del Señor… ¡hasta milagros si hiciera falta! Incluso, antes de tiempo…

Luego de Caná, el Evangelio no relata palabra alguna de María, sino que  entra en un silencio abrumador… parece que no hay mucho más que decir… solo confirmarnos que sigue siendo tan Madre nuestra en el mismo momento que nuestros pecados están desangrando, gota a gota, el cuerpo de su Hijo y su propio Corazón… así son las madres.

 

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Lecturas recomendadas:

 

[1] Sedulio cuenta un caso admirable: Un famoso tirador de Tesalia fue a cazar, dejó un hijo pequeño al pie de un árbol y se metió entre las piedras. Cuando regresó vio que una serpiente se había enroscado al cuerpo del niño. ¡Qué apuro el del padre! Si tiraba contra la serpiente, se arriesgaba a matar al niño; si no tiraba, el hijo moriría. Al fin se decidió. Puso una saeta en el arco y pulsó la cuerda con tal acierto, que matando la serpiente, no tocó al niño. Se admira Sedulio de la felicidad del tiro y da esta explicación: Ars fuit esse patrem! No fue destreza; fue que era padre. La serpiente del paraíso se enroscó en Adán y asimismo en Cristo: en Adán porque fue autor de la culpa; en Cristo porque tomó sobre sí la culpa de Adán. Quiso el eterno Padre matar la serpiente, y ¿qué hizo? Tiró sobre la serpiente que estaba enroscada en el hombre; mató la serpiente y no tocó al hombre; tiró sobre la serpiente que estaba enroscada en el Hijo: mató la serpiente y pasó de parte a parte al Hijo. Al Hijo le tiró como si no fuera padre; al hombre, con tanto tino como si lo fuera.

[2] El Secreto de María, n. 40.

[3] Tratado de la Verdadera Devoción, n. 174. En “El Secreto de María” cita un texto muy parecido pero atribuyéndolo a San Bernardo: María detiene al Hijo para que no hiera. Detiene al diablo para que no dañe; detiene a las virtudes para que no huyan; de tiene a los méritos para que no se pierdan; detiene a las gracias para que no se escapen” (n. 40).

[4] Tratado de la Verdadera Devoción, n. 200.

5 comentarios:

  1. ¡¡¡buenisimo!!!!

  2. Ilsse de munoz

    PADRE GUSTAVO, BUENAS TARDES. HOY ES UN DIA MARAVILLOSO.ESCUCHE A PABLO DE ORS SOBRE EL SILENCIO. AHORA ME LLENA EL SENOR CON ESTA REFLECCION DE NUESTRA MADRE AMADA.GRACIAS PADRE, POR SU DOCILIDAD AL ESPIRITU SANTO. SU HIJA ilsse

  3. P. Gustavo Lombardo, IVE

    Qué bueno, Ilsse, lo que comenta! No deje de rezar porque en eso de “docilidad al Espíritu Santo” siempre nos quedamos cortos. Cuente también con mis ruegos.

  4. Muy bueno!, me quedo pensando.

  5. Brisa María gonzalez

    Padre Gustavo, muchas gracias por tan profunda explicación. Esa respuesta de nuestro Señor no la entendí nunca hasta hoy , ni la insistencia de nuestra Madre. Gracias por este gran trabajo que usted hace, y nos ayuda tanto.
    Dios lo siga bendiciendo y nuestra Madre esté siempre a su lado.
    Siempre lo encomiendo en mis oraciones.

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