Nos autem sperabamus…

Nuestro Señor, como lo afirma Santo Tomás en la introducción a la tercera parte de la Suma Teológica, ha “demostrado en sí mismo el camino de la verdad (viam veritatis), por el cual resucitando pudiésemos llegar a la beatitud eterna”, de ahí, sigue el angélico, que es necesario considerar acerca de la vida del Salvador y sus beneficios”.

No hay pensamiento, ni palabra, ni obra, ni gesto, ni mirada, ni sentimiento de Nuestro Señor, que no sea para nosotros regla de vida –“¡Cristo es nuestra vida!” dirá el Papa Francisco[1]– y, por supuesto, regla de vida feliz: “Nadie fuera de Cristo podrá daros la verdadera felicidad”[2] (Juan Pablo II). Felicidad que irá in crescendo en nuestro peregrinar hasta llegar a la Patria: “Los hombres son conducidos al fin de la bienaventuranza por medio de la humanidad de Cristo”[3] (Santo Tomás).

En este sentido, las tristezas y decepciones de quienes convivieron con el Señor, y sobre todo los esfuerzos del mismo Cristo en ordenar esos sentimientos, son para nosotros un faro que ilumina nuestras vidas –no hacer lo que ellos, y obedecer al Maestro– y un bálsamo que salpica de aromas de eternidad nuestro trajinar terreno.

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Tal es el caso del conocido encuentro de los discípulos de Emaús con el forastero divino. Nos lo relata Lucas (24, 13-35) y sucedió el mismo domingo de la Resurrección. Ellos venían con aire entristecido discutiendo por el camino y, sin dejarse reconocer, entra en escena Nuestro Señor y les pregunta el porqué de su melancólica conversación.

Responden un tanto perplejos que el interlocutor no supiera nada acerca de “la noticia” del momento, la cual tenía a todos en suma congoja. Y luego de resumirle los hechos en dos o tres frases concisas donde ponderaban la grandeza de Jesús el Nazareno y el dramático desenlace con su crucifixión y muerte, le explican el motivo de su tristeza, diciendo: Nosotros esperábamos… (Nos, autem, sperábamus…).

¿Por qué están tristes los emausitas? Simplemente porque esperaban algo que no tenían que esperar… Dicen ellos: Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel… En definitiva esperaban lo que todos los judíos en aquel momento –o casi todos mejor dicho–, esto es: que el mesías sería un libertador político que rescataría a Israel del dominio romano dándole una prosperidad tal que la encumbraría sobre los demás pueblos.

¿Tenían motivo para esperar eso? Sí y no. “Sí”, porque habían profecías en el Antiguo Testamento que daban a entender justamente eso –o algo análogo–; y “no”, porque también existían otras profecías, muy claras por cierto, que hablaban de un mesías sufriente hasta el extremo, hasta lo inaudito; baste leer el capítulo 53 de Isaías para asombrarse de estar ante otro “final de Evangelio” –o sea, la Pasión del Señor– con lujos de detalles, 700 años antes.

¿Por qué tanto ellos como los apóstoles esperaban algo que no debían esperar? ¿Por qué solo tenían en cuenta las profecías “triunfalistas” y además tomándolas solo en un sentido literal y temporalista? ¿Por qué, inclusive, teniendo las palabras tan claras del Señor acerca de la Pasión que le sobrevendría no pararon mientes en ellas? Y esto se dio hasta el último instante en que el cuerpo del Señor tocó la tierra, ya que, a segundos de la ascensión, los que estaban reunidos le preguntaron: “Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?” (Hech 1, 6), Jesús habrá suspirado profundo…

Preguntar estas cosas es lo mismo que cuestionarse por qué Adán y Eva pecaron, porqué Cristo tuvo que morir en la cruz; también el por qué del ateísmo, del consumismo, del materialismo y demás “ismos”…

Todos estos “porqués”, aún recubiertos con cierto halo de misterio, tienen un trasfondo único que tampoco deja de rodearse de visos inescrutables, y es la antagónica diferencia de ver y comprender el mundo de parte de Dios y de parte del hombre; la terrible desproporción entre las fuerzas instintivas del ser humano caído que lo impulsan a enraizarse en esta tierra, y los vientos del Espíritu que intentan envolverlo en sus soplos ascendentes rompiendo toda atadura; la temeraria y escandalosa pretensión del hombre en querer ser, por sus propia fuerzas, como Dios, y la desconcertante humildad de un Dios que se abaja hasta hacerse nada para divinizar a su creatura; y, por último, el grito callado y visceral de la raza humana en orden a evitar todo lo que suene a padecer, y la obstinada voluntad de un Dios-Encarnado de tomar sobre sí todo lo que lleve el sello de la Cruz.

Yendo a lo prosaico de nuestro diario vivir… ¿qué esperamos? ¿No nos pasa muchísimas veces lo que a los discípulos del Señor? ¿No recordamos solamente algunas de las partes del Evangelio, las más alagadoras de nuestra sensibilidad, y olvidamos otras menos gratificantes? A veces, aun perteneciendo al Nuevo Testamento, vivimos espiritualmente como del Antiguo, esperando para nuestra vida los bienes materiales, la “buena suerte”, que todo nos sonría… Otras veces somos “pequeños Luteritos” y extirpamos partes de la Palabra de Dios que nos incomodan; recordamos aquel Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba (Jn 7, 37), y aquel otro Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso (Mt 11, 28), pero fácilmente echamos al olvido Si alguien quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y que Me siga, o aquel otro: Si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti (Mt 5, 30).

Debemos tener a raya a nuestra imaginación que, no pocas veces azuzada por el maligno, pinta de vivísimos colores rosáceos todas aquellas cosas que no tenemos, que nos faltan, y que, como alagan tanto a nuestro herido natural, de un modo u otro ponemos en ellas nuestras esperanzas. Y a veces ni siquiera son cosas pecaminosas, pero sí realidades que nos apartan de la estrecha puerta y el angosto camino que lleva a la Vida (cf. Mt, 7, 12).

Proyecto semejante requiere una vida espiritual muy seria, que una y mil veces acote nuestras esperanzas a lo que realmente debemos esperar. Y al decir esperanzas también decimos deseos, ya que aquellas no son más que éstos pero con cierto grado de dificultad para alcanzarlos o cierta distancia en el tiempo.

Es por esto que San Ignacio, en el Principio y Fundamento de sus Ejercicios Espirituales, nos invita no solo a elegir bien, sino también a desear del mismo modo… ya que difícilmente un deseo desordenado no se transforme en elección: “solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados” [23].

A nuestro deseo de evitar todo sufrimiento (de ahí el “éxito” al menos económico del “Pare de sufrir”[4]), enfrentémoslo una y otra vez con el Señor Crucificado, con la Palabra de Dios. Tratemos de escuchar con los oídos de nuestro corazón, el amable reproche que el Señor dirigió a los discípulos de Eamús: ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria? Esta necesidad de morir para resucitar, de ser crucificado para reinar, de humillarse para ser enaltecido por Dios, de opacarse para brillar, san Lucas quiere dejarla bien sentada antes de terminar su Evangelio; y así la declara tres veces en el último capítulo: primero los ángeles les recuerdan las mujeres las palabras dichas por el Señor: Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado, y al tercer día resucite (Lc 24, 7); luego el mismo Señor se las dice a los discípulos de Eamús, y, antes de ascender, se lo repite a todos: Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día (Lc 24, 46).

Dejando traslucir la Cruz en nuestros anhelos lograremos que nuestro tesoro esté en el Cielo, y así también nuestro corazón (cf Mt 6, 19-21), y de este modo viviremos vida de resucitados: Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra (Col 3, 1-2). También nos permitirá vivir más alejados del pecado, ya que quien padece en esta vida mortal, ha terminado con el pecado (1Pe 4, 1).

Esta “esperanza crucificada” nos dará el equilibrio necesario para tomar buenas decisiones; equilibrio que en clave ignaciana se diría “ausencia de afectos desordenados”. Comentando los santos Ejercicios, el P. Ignacio Casanovas, en lo referente a las “Elecciones”, acota, con mucho tino como es tan común en él, lo siguiente:

“Hay que confesar que San Ignacio con todo lo hasta aquí expuesto, inclina tan fuertemente hacia el estado de pobreza actual, que quien haya hecho sus Ejercicios tal como él lo quiere y desea, difícilmente podrá resistir a esa poderosa inclinación a menos que no disponga de razones evidentes en contra. Y cabe preguntar: ¿No es esto un empujón excesivo hacia un extremo? ¿No se rompe aquí la ley del equilibrio que el mismo San Ignacio ha impuesto al Director?

En teoría podría parecer que sí; pero mirando a lo práctico y teniendo en cuenta la violenta inclinación que nos arrastra hacia los bienes materiales y el horror con que miramos la humillación y el dolor, vemos con claridad que llegada la hora de la elección todo se necesita para disponer de juicio claro e indiferencia de voluntad y de afección, en todo lo posible. Quien no ha alcanzado la disposición de los hombres del tercer binario dejando por entero todas las cosas del mundo y resuelto a no tomarlas de nuevo, si no lo persuaden evidentes razones de mayor gloria de Dios no está, a juicio de San Ignacio, bien preparado para la elección. Caso de no existir esa evidencia, aun siendo igual gloria de Dios una cosa y otra, abrace gustoso el ejercitante el estado de pobreza actual, el de humillación y sacrificio; y hecho esto, tenga la completa seguridad de que ha de «hallar en paz a Dios nuestro Señor» [150], es decir, de que cumplirá perfectamente la voluntad divina en la disposición de su vida”[5].

Para terminar, agreguemos que este “no esperar lo que no tenemos por qué esperar” evitará en gran medida la melancolía que inundaba a los discípulos de Emaús y todos los apóstoles a causa de la Pasión del Señor. Como dice el Kempis: “Si te dispones a hacer lo que debes, conviene a saber, a sufrir y morir, a la hora te hallarás mejor y tendrás paz”[6].

Podría parecer que este post no es muy “Pascual” que digamos… puede ser, pero, si se quiere, tampoco fue muy pascual que digamos la respuesta del Señor a los de Emaús… Es que la resurrección siempre es más fácil… de algún modo, aún caídos como estamos, ella sí nos atrae, pero no así la Cruz. Por eso el Señor resucitado deja en su cuerpo las llagas, por eso los ángeles cuando anuncian la resurrección a las piadosas mujeres lo llaman “Jesús, el crucificado” (Mt, 28, 5; Lc 16, 6). No olvidemos que la alegría pascual tiene una receta, las Bienaventuranzas, que solemos tener poco en cuenta porque primero nos llevan al Calvario…

 

Ella era parte del grupo de los “mayores” en la fe, como los llama Santo Tomás, que no esperaban un Mesías solo humano y políticamente libertador; y Ella era la única, junto con Él, que esperaba la Cruz como parte de la voluntad divina. Por eso fue místicamente crucificada con su Hijo en el Calvario, pero también por eso, todos, y para siempre, la llamamos Bienaventurada.

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Lecturas recomendadas

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[1] A los jesuitas, el Gesu, 31/07/13.

[2] Mensaje para la XVIII Jornada Mundial de la Juventud 2003, Roma.

[3] Suma Teológica, III, 9, a2

[4] Slogan de la Iglesia Universal de Brasil. El dueño está entre los más millonarios de ese país.

[5] Casanovas Ignacio, Comentario y explanación de los Ejercicios Espirituales, cap. IV, p. 4.

[6] Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, parte II, cap. XII Del camino real de la santa cruz.

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