La última carta

Viejito querido: entre lágrimas te escribo estas últimas líneas que hace tiempo que vengo pensando enviarte. Lloro lo que no lloré ni en tu enfermedad ni en tu muerte, porque lo que lloro no sé bien lo que es… Cada vez que pensaba en estas líneas lagrimeaba como ahora… lloro de alegría, lloro de agradecimiento, lloro por haber tenido un papá como vos.

En mis votos perpetuos, año 2004

Votos perpetuos, año 2004

Agradezco a Dios el no haberte enviado estás líneas mientras estabas entre nosotros, porque estoy seguro que no las ibas a aceptar… como aquella vez, hace algunos años, que te escribí diciéndote que te agradecía porque siendo mi papá, me era muy fácil pensar en que Dios también es Papá… solo tenía que imaginarme lo que eras y sumarle el infinito de Dios… “compararme a mí con Dios”, me dijiste en tono irónico… como no aceptando semejante cosa. Y cuando traté de decirte estas cosas que ahora escribo mientras te acompañaba en tus últimos días, delicadamente me frenaste con un repetido “todo lo bueno es de Dios”… Ahora, papi, que vez las cosas tal como son, seguramente me vas a entender lo que quería decirte y cómo, sin dejar de ver a Dios en todo lo bueno, ese Dios me bendijo –nos bendijo mejor dicho– por medio tuyo… ¡y de qué manera!

Hubiera querido escribirte ya hace días… y este casi mes y medio que pasó desde tu partida, muestra lo que me cuesta plasmar estas líneas… porque a la par de saber que no podrías estar mejor de lo que estás, es imposible no extrañarte… como imposible es escribir esto sin que se avive ese sentimiento. Así y todo, bien que vale el esfuerzo para expresarte algo que muy probablemente ya puedas contemplar en Dios, y asimismo, para que sirva de humilde homenaje del menor de tus hijos.

Dios te bendijo, papá, con una forma de ser realmente envidiable; para muchos –entre los cuales me incluyo en primera fila– el trabajo de toda una vida en moldear el carácter, daría como resultado algo muy parecido a lo que vos recibiste de fábrica. ¡Qué capacidad de verle lo bueno a todo! ¡Qué tranquilidad y serenidad en todo momento! ¡Qué comprensión para con los demás! Cosa que no solo trasmitiste con tu ejemplo sino que hasta quisiste hacerlo poesía y canción para que siempre lo recordáramos.

Última foto familiar

Última foto familiar

A esa naturaleza privilegiada Dios supo elevarla con su gracia y vos fuiste dócil a ese trabajo divino. Gran ejemplo fue para mí tu espíritu de sacrificio, de pensar en el bien de los otros y de que esos esfuerzos que hacías no parecieran para nada una carga. Si estuvieras todavía acá, quizás no te acordarías, pero desde allá seguramente que sí, aquella vez que con 10 u 11 años te pedí que me enseñaras a hacer el asado; no me gustó mucho el hecho de tener que servir a la familia –junto con vos– en lugar de estar sentado, comiendo tranquilo. Buen momento para enseñarme la ley de amor que se entrega por los demás aún en cosas pequeñas.

Nunca me sentí presionado a llegar a ser “algo” o “alguien”. Marcó mi niñez, en ese sentido, aquella vez que fuiste a verme jugar al básquet. Yo estaba nervioso porque quería jugar lo mejor posible porque vos estabas ahí, mirándome… no recuerdo si algo te dije o lo intuiste, pero en un momento que me acerqué me dijiste: “yo estoy contento de verte feliz, jugando; no importa cómo juegues”; eso me dio una tranquilidad y alegría que nunca olvidé… y esa frase, que tampoco nunca olvidé, era el reflejo de lo que pensabas y querías de nosotros en todos los aspectos de nuestra vida. ¡Qué hermosa manera de sentirnos amados por lo que somos, al margen de lo que hacemos! ¡Qué fácil así pensar en el amor de Dios…!

¡Cómo respetaste nuestra libertad! Marcando el camino pero sin empujarnos por él; no aconsejando de más e incluso, callando cosas, consejos… esperando el mejor momento… silencios que con el paso del tiempo hablan más que muchas palabras, porque hablan de un corazón de padre que supo callar y sufrir como de algún modo muchas veces Dios mismo lo hace.

“Hay 5 soluciones para cada problema”“todo tiene solución menos la muerte”, eran frases que no solo repetías sino que vivías. Nunca olvidé cuando me enseñaste a hacer un barrilete; al terminar fuimos a remontarlo y estando por los aires la mezcla de cañas y papel, me mostraste cómo hacerle hacer una pirueta… ante mi alegría me aclaraste que haciendo esa pirueta, si algo no estaba tan bien, podría quebrarse alguna caña; pero unos segundos después remataste: “pero si se rompe, hacemos otro”“Si se rompe, hacemos otro”… es difícil transmitir lo que produjo esa frase en mí a lo largo de los años… unida a tu serenidad en tantos momentos difíciles de nuestras vidas…

Ese “hacemos otro” también abarcaba el plano sobrenatural: tampoco olvidaré tu capacidad para reconocer tus pecados y “volver a empezar”, pero no como antes, sino mejor, con la humildad de quien se sabe pecador. Esa humildad tras el pecado me resultaba así algo como que tenía que surgir casi espontáneamente… sin embargo, el paso del tiempo y mis propios pecados me hicieron ver que se trata de una gran obra de la gracia.

¿Te acordás cuando me llevaste a confesar porque me daba vergüenza? Yo… imposible olvidarlo.

Con sus ñietos; último cumple -66-

Con sus nietos; último cumple -66-

Viejo, sinceramente no recuerdo una sola opinión tuya, ni un solo consejo, ni una sola decisión en la cual yo no haya estado –y esté actualmente– de acuerdo. Quizás nunca salí de la “admiración de un niño”… Pero lo que sucede es que si en algo me doy cuenta ahora que estabas equivocado, bastaría que estuvieras nuevamente con nosotros para que cambiaras de opinión… Siempre nos hiciste participar de tus decisiones y nos pedías opinión, hasta pocos días antes de morir.

Decías que no creías en la Providencia Divina sino que la veías; y con esa capacidad de reírte de todo, aún de vos mismo, te ponías a contar cómo Dios iba armando tus planes y negocios a pesar de tus decisiones no tan acertadas.

¡Maravillas hizo Dios en tu vida! Permitime viejo, que recorra rápidamente tu, por qué no decirlo “camino al Cielo”. Dios apuntaló tu fe por medio de mamá, con la cual ya de novios rezaban a diario el Santo Rosario. La pobreza los acompañó durante varios años y no le escatimaste para nada a la ley del trabajo, teniendo en varios momentos más de un oficio a la vez… A pesar de la frágil salud de mamá, dijeron que sí a la vida, y de ahí que seamos 4 y no solo 2; y de ahí que yo pueda hoy escribir estas líneas…

En los fracasos económicos, supiste arrancar de nuevo, de abajo, con mucho esfuerzo y humildad.

Dios fue acomodando los rumbos de la vida de la familia para que pudiéramos profundizar más nuestra fe, y siempre tu respuesta fue un sí… “Sí” a comprar muchos y buenos libros; “sí” a hacer Ejercicios Espirituales ignacianos; “sí” a la Misa entre semana… aún en medio de tus viajes en camión vendiendo de pueblo en pueblo ¿cuántos días consecutivos fuiste a Misa aquella vez que te lo propusiste? ¿200? ¡Quizás más incluso! ¡Y aquella otra vez que te propusiste leer cada letra de la Sagrada Escritura, con comentarios incluidos… ¡ejemplo aún hoy para nosotros!

Si te hubiéramos dicho con Claudio que queríamos ser astronautas, nos hubieras apoyado… pero Dios nos llamó al sacerdocio, lo cual apoyaste aún más; otro “sí”… ¡y de qué quilate!

Visitando a papá por su enfermedad

Visitando a papá por su enfermedad

¡Y qué precioso “trabajo” hizo Dios en tu alma en los últimos años! Cómo supo ir podando y podando… y cómo seguiste diciendo que “sí”, una y otra vez.

La mami sugirió años atrás ya no ver más televisión y dedicar ese tiempo a leer… No sin esfuerzo pero diste un “sí” más. ¡¿Cuántos libros leyeron esos últimos años!? ¿40? ¿50? ¡Cuántas vidas de santos y cuánto provecho para el alma!

Antes de tu enfermedad una cruz llegó a tu vida que te quitó en cierta manera la alegría… ¡novedad para todos! Para algunos –yo no llegué a verlo por la distancia– fue la primera vez que te veían realmente preocupado. ¡Poda divina! Era de las pocas cosas que te faltaban para entender por qué los demás no siempre podían vivir ese optimismo que vos sí vivías… Y la prueba te hizo más misericordioso.

Llegó el cáncer… otro “sí” dicho a Dios. Hiciste todo lo que estaba de tu parte para poder superarlo; las operaciones no produjeron más que sufrimientos y limitaciones, que aceptaste, ofreciste y dieron la última pulida a tu alma.

Quizás el mejor sermón que he escuchado en mi vida fueron esos 35 segundos en que estando en terapia intensiva, sin saber si salías o no con vida de allí, me repetiste el “Principio y Fundamento” de los Ejercicios Espirituales… “salud, enfermedad, vida corta, vida larga… que se haga la voluntad de Dios”.

En tus dos años y medio de enfermedad no hubo quejas, trataste de molestar lo menos posible y veías como actos exquisitos de caridad, las pocas cosas que podíamos hacer para cuidarte. Ya con varias limitaciones, sentías a veces más ganas de vivir de las que yo mismo tenía…

Pero Dios siguió quitando… podando… y cuando no quedó más nada que pedirte, te pidió la vida. Pero juntamente te regaló un sentido sobrenatural de la muerte que hizo que la enfrentes de modo ejemplar. Ante quien se condolía por tu previsible pronta partida, solías responder “no te hagas problema por mí, tiempo más, tiempo menos, también vos vas a partir”… Por supuesto que hubo ciertos momentos de temor, pero no era difícil evocarte esa misma confianza en la misericordia de Dios que nos habías enseñado. Te acordarás que te hicimos sacar la cuenta de la cantidad de veces en tu vida que le habías dicho a la Virgen “ruega por nosotros… ahora y en la hora de nuestra muerte”, ¡y eran cerca de 1 millón! ¡Qué gran consuelo y cómo no esperar su maternal protección!

Bromeabas con que tu oficio era “estar enfermo” y aprovechaste esa enfermedad para leer más, meditar más profundamente y rezar con mayor devoción.

En la misma Misa, con su ropa de "entierro"; bromeó con eso

En la misma Misa, con su ropa de “entierro”; bromeó con eso

Se acercaba el final… alguna vez al pensar que tus dos hijos varones no podían seguir con tu negocio, se te llenaron los ojos de lágrimas; ahora esas lágrimas eran de consuelo por tener, además del cariño de toda la familia, a tus dos hijos sacerdotes a tu lado para acompañarte a bien morir. Es que, como dice San Juan Bosco: “de la familia de los consagrados se salva hasta la tercera y cuarta generación”. Había escuchado muchos relatos de padres y madres de religiosas y religiosos que morían santamente, ahora tocaba vivirlo en carne propia… ¡Dios nunca falla!

No perdiste el humor hasta el final… “esto parece la Misa de cuerpo presente pero con el muerto vivo”… dijiste en una de las últimas Misas en tu habitación en las que estuviste consiente.

Tu emoción al pensar en los dolores de Jesús por tus pecados, y tu deseo de ya partir al Cielo para verlo,  me hacen desear la misma gracia para mis últimos días.

A veces temías no a la muerte, sino al modo en que se iba a dar el desenlace; es que no poco ya habías sufrido en los últimos años… Era sabido que Dios no te iba dejar de auxiliar y, aunque fueron bien crucificados los últimos dos meses, sin embargo partiste quedándote dormido, casi sin darte cuenta…

“¡Pedile a la Virgen que te lleve un sábado!” Te había dicho un poco más de un año antes de que murieras. Era mi deseo, por Su promesa de hacer entrar al Cielo el sábado siguiente a la muerte a quien muriera con el escapulario puesto; entrada segura, entonces, el mismo día a quien muriera en sábado.

Por muchos días no me animé a pedirlo… me parecía que era pedir mucho… pero cada sábado que se acercaba crecían, de algún modo, mis esperanzas… y cuando pasaba pensaba que te teníamos con nosotros al menos una semana más…

¡Y te lo llevaste un sábado, Virgencita!ni esos detalles de amor materno se te han escapado.

Me escribía un cura amigo luego de tu muerte:

“No sabría si darte palabras de pésame o enhorabuena, vistos los relatos y comentarios sobre su vida y muerte. Rezar hay que rezar, porque Dios es un misterio demasiado grande, y ¡quién puede estar preparado para verle cara a cara! Pero confiar también, ya que viendo tantas misericordias y tan gratuitas que tuvo con él, no hemos de ni podemos limitar nosotros la misericordia de Dios”.

Hermosa manera de expresar lo que pensaba y pienso, lo que sentía y siento… por un lado, papá, es difícil no pensar que estás en el Cielo: al tener dos hijos sacerdotes ¡cuántos consagrados en el mundo rezando por vos desde que te enfermaste! Recuerdo la alegría que te daba cuando te iba comentando sobre los sacerdotes, religiosas y familiares de consagrados que rezaban y ofrecían Misas por vos en todas partes del mundo. Santas lecturas y reflexiones, Santos Rosarios, Misas, comuniones, confesiones, unciones, indulgencias… fueron tus compañeras durante toda la enfermedad y sobre todo en los últimos días… Digamos que todos los medios que la Iglesia tiene para ayudarnos a bien morir, los tuviste. Eso por un lado… Y por otro, es tan grande, consolador y hasta admirable pensar que ¡ya estás con Dios!, ¡ya llegaste a la meta! ¡ya alcanzaste aquello que es lo único importante y por lo que luchamos día a día!… es tan grande eso que realmente me quedo pasmado y alegremente perplejo. Pero como dice mi amigo ¿por qué limitar nosotros la Misericordia de Dios?…

¡Muchas gracias, papá, por todo lo que me has dado en esta vida! ¡Muchas gracias por no solo enseñarme a vivir, sino también enseñarme a morir! ¡Muchas gracias por mostrarme que lo que hemos aprendido y creemos, es tan posible y cercano, por la gracia de Dios! ¡Muchas gracias por haberme hecho tan fácil saber que Dios es Padre! ¡Muchas gracias, viejo, por aquel “pase lo que pase, yo soy tu padre y acá estoy, contá conmigo”! Espontáneo fue el pensar “¡así también es Dios… así también es Dios!” Y gracias por seguir siendo padre en el cielo… Es cierto que te extraño, pero no pasa así cuando celebro la Misa, porque entonces te siento más cerca que nunca, y cuando miro al cielo para rezar la oración que nos enseñó Jesús, me emociona el saber que junto a nuestro Padre también está mi padre…

Y por supuesto, claramente verás ahora que cada “gracias” que te doy, también Se lo doy, y principalmente, a Él, de quien, como me enseñaste, viene todo lo bueno que tenemos, y a Ella, a quien aprendí a conocer y amar más gracias a ese librito, de San Luis María, que recibí de tus manos a los 12 años…

¡¡Te quiero mucho, viejo!! Y en poco tiempo -sea cuanto sea siempre es poco…- ¡nos vemos en el cielo!

Catalina, la ñietita menor, motivo de sus últimas sonrisas

Entre sus hermanas, Catalina, la ñietita menor, motivo de sus últimas sonrisas

Año 1999, yernos ya parte de la flia: Daniela/Fabio; Carina/Carlos

Año 1999, yernos ya parte de la flia: Daniela/Fabio; Carina/Carlos

A la izquierda, Cecilia, que al enterarse de la muerte del "nono" gritó: "¡viva! ¡ya está en el Cielo!

A la izquierda, Cecilia, que al enterarse de la muerte del “nono” gritó: “¡viva! ¡ya está en el Cielo!

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