¿Entonces tú eres Rey?

– Jesucristo es rey, a Él debemos obedecer, sus mandamientos son los que nos tienen que guiar y su poder es el que tenemos que aceptar. Y si no lo hacemos, si Jesucristo no reina en nuestra vida, ¿quién reina entonces?

– El diablo.

Esta respuesta, por demás exacta, recibí en la Misa de primeras vísperas de Cristo Rey, de parte de uno de los chicos discapacitados del Hogar en el que vivo. ¡Cuánta verdad hay detrás de esto! Sucede que por su discapacidad también ellos son contados dentro de los pequeños a los cuales el Padre revela la verdad del Evangelio (cf. Mt 11,25).

Cristo Rey

Nuestra pequeñez, indigencia, dependencia y necesidad es tal, que si no aceptamos religarnos a Dios (de ahí viene “religión”), depender de Él, entonces, necesariamente, dependeremos de otro. Si no tengo fe en Dios, la tendré en la superstición o en las ciencias; si no le temo a Él, me asustarán las creaturas; si no acepto sus normas, no me quedará otra que someterme a las del mundo; por último, si no acepto mi condición de creatura y, en cuanto tal, servidor de Dios, seré esclavo del pecado porque todo el que comete pecado es un esclavo (Jn 8,34), como dijo el Señor anteponiendo un En verdad, en verdad os digo… Detrás de todas estas cosas que son “la otra cara de la moneda” del servicio de Dios, está el demonio; de ahí que quien no quiera ser hijo de Dios, lo será, al menos de algún modo, de Lucifer: vosotros sois de vuestro padre, el diablo (Jn 8,44), dijo Jesús a los fariseos.

Por naturaleza no somos hijos de Dios, al menos no lo somos más que una piedra, un árbol o un mosquito; o sea, solo en cuanto a lo natural, somos simples creaturas, no hijos. Sí, creaturas superiores a las demás que nos rodean, pero también creaturas pecadoras, cosa que no puede aplicarse a las que carecen de razón. Adán sí era hijo de Dios, pero por el pecado perdió su filiación para sí y para su descendencia. Como dirá el beato Dom Columba Marmiom:

“Después de su desobediencia todos nacemos pecadores, despojados de esa gracia que nos haría hijos de Dios. En vez de hijos de Dios somos hijos de ira (Ef 2,3); enemigos de Dios, hijos condenados a su indignación: El pecado ha destruido todo el plan de Dios”[1].

Pero la última palabra siempre es del Alstísimo. Él restauró, a manera de una nueva creación, su plan divino desbaratado por el pecado. De ahí que la liturgia nos haga rezar:

“Oh Dios, que de un modo maravilloso creaste la excelsa dignidad de la naturaleza humana, y de forma aún más maravillosa la restauraste”[2].

¿Cuál es esa forma “más maravillosa” (“mirabilius”)? La Encarnación del Verbo.

Vayamos, entonces, al relato de ese grandísimo misterio, más precisamente al final de la breve explicación que da el Ángel a María sobre lo que, mediando su “sí”, estaba por acontecer:

“Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (Lc 1,32-33).

Parecería quedar bastante claro que, además del origen divino del hijo de la nazarena, el Ángel está haciendo alusión a su reinado.

Y podemos preguntarnos si en algún momento de su vida Nuestro Señor negó esa realeza. Es cierto que en algunas ocasiones cuando quisieron proclamarlo rey, Él se las ingenió para evitarlo, pero esto se debió simplemente a que no era el momento de dejar clara esta gran verdad. Así y todo nunca negó que era rey, y al final de su vida, cuando su mensaje era mostrado con mayor claridad, aceptó y reafirmó esa verdad sin ambages. Por ejemplo, al pedirle los fariseos que reprenda a sus discípulos que estaban aclamándolo rey, respondió: Os digo que si éstos callan gritarán las piedras (Lc 19,39). Y ante la pregunta de Pilatos, del cual podía depender su vida o su muerte, ¿Entonces, tú eres Rey? Respuso, hasta con solemnidad: Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido, para dar testimonio de la verdad (Jn 18,37).

además, tampoco tiene ningún complejo nuestro Señor de mostrar que su realeza es a perpetuidad y, cuando habla del fin del mundo, dice que, para juzgarnos, se sentará en su trono de gloria como Rey (cf. Mt 25,33-34).

Y cabe destacar que Jesucristo es Rey, no solo en cuanto Dios –lo cual es obvio–, sino también en cuanto hombre, y no solo en sentido metafórico, sino también en sentido estricto. A este respecto dirá el Papá Pío XI:

“Es evidente que también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey; pues sólo en cuanto hombre se dice de Él que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino[3]; porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas”[4].

Dado, entonces, que Jesús es Rey del universo, y que lo es no solo en sentido metafórico sino en sentido propio, ¿podemos mantenernos al margen de su realeza, como un un punto neutral? La respuesta es negativa, al menos en la actual economía de la salvación, que como se funda en una alianza nueva y eterna no parecería que fuese a cambiar. Ya en vida del Señor, Pilato quiso ser indiferente y lo terminó condenando al patíbulo. Hablando de esto Juan Pablo II decía en su último Vía Crucis: “Esta fue y es una Realeza frente a la cual no se puede permanecer indiferente o mantenerse al margen”[5]. El mismo Jesús, categóricamente, también lo afirmó: El que no está conmigo, está contra mí; y el que conmigo no recoge, desparrama (Mt 12,30).

Y esto no podría ser de otra manera ya que Dios se hace hombre no solo para “agregar” algo a nuestra vida, no solo para bendecirnos, o para hacernos más felices; sí, todo esto está, pero la obra del Salvador es justamente salvarnos; ¿de quién? De Satanás que reina a través del pecado; y es por medio de esta salvación que nos da la felicidad, nos bendice, etc. Por tanto, si no queremos aceptar su realeza, tampoco aceptamos su salvación y quedamos a expensas del diablo o, si les suena mejor, a expensas del pecado, cuya mejor expresión es el endiosador amor propio; lo cual no nos lleva ni a la felicidad ni puede enmarcarse dentro de una bendición.

Mucho sabía de estas luchas, tristezas, alegrías, esclavitudes y salvaciones el obispo de Hipona, y lo ha dejado estampado a lo largo de sus numerosos escritos; citemos solo dos breves frases:

“Dos amores fundaron dos ciudades, a saber: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena, y el amor de Dios hasta el desprecio de sí propio, la celestial”[6].

“Así como la vida de la carne es el alma, así la vida bienaventurada del hombre es Dios”[7]

Somos libres, entonces, de elegir bajo qué dominio queremos estar, pero lo que debe quedarnos bien claro, por un lado, que siempre vamos a estar bajo el dominio de alguien, o de algo; y por otro lado, saber que de esa elección depende también nuestra felicidad. Dios nos de la sabiduría de elegir a Aquel que dijo mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11,30).

Pasando al ámbito social, ¿qué decir del Reinado de Cristo en pleno siglo XXI? ¿Deberemos buscar que Él también reine? Efectivamente, y como esta verdad tiene muchas consecuencias, vale la pena citar unas lúcidas palabras del P. Julio Meinvielle al respecto:

“Hay una verdad fundamental de la dogmática cristiana que lo que se llama nueva teología busca oscurecer o debilitar. Es la verdad de la Realeza universal de Cristo sobre todo lo creado y por lo mismo sobre la historia. Sin embargo, esta verdad constituye la substancia misma del kerygma evangélico, que consiste en la predicación del Reinado de Dios y de su Cristo sobre la Tierra. La nueva teología oscurece y disminuye la luz de esta verdad porque ella se opone directamente al laicismo de la vida y de la historia que en su versión de liberalismo, socialismo y comunismo domina hoy sobre los pueblos. El laicismo constituye la substancia misma del mundo moderno y la nueva teología querría pactar con el mundo moderno. Luego se ve llevada a oscurecer y a disminuir una verdad que tan radicalmente se opone a su intención profunda”[8].

Agreguemos que en lo social pasa exactamente lo mismo que en el individual: o un pueblo/nación/institución está bajo el dominio y la potestad de Cristo o caerá, indefectiblemente, bajo el dominio del pecado, quedará sin fuerzas para defenderse del mal y estará cada vez más lejos de la paz y la verdadera felicidad:

“Cuando el cristianismo de un país se reduce a las proporciones de la vida doméstica, cuando el cristianismo deja de ser el alma de la vida pública, del poder público, de las instituciones públicas, entonces Jesucristo trata a ese país como este país lo ha tratado a Él. Continua otorgando su gracia y sus favores a los individuos que le sirven; pero abandona las instituciones, los poderes que no lo sirven; y las instituciones, los poderes, los reyes, las razas, se vuelven movedizos como las arenas del desierto, caducos como esas hojas de otoño que se lleva cada soplo de viento (…)”. (Cardenal Louis Eduard Pie).

Decir, entonces, que el cristianismo de un país es el alma de la vida pública, es lo mismo que decir que es Cristo quien reina; y ambas cosas no pueden darse sin la Iglesia, a la cual Él está inseparablemente unida.

“(…) quedé sorprendido ante la afirmación de ese sacerdote de que la Iglesia no es un reino de este mundo. Si no fuera de este mundo, no podría existir en la tierra. En el santo Evangelio, la expresión «no es de este mundo» está empleada en otro sentido. No se debe jugar con estas palabras. Nuestro Señor Jesucristo vino precisamente a fundar la Iglesia en la tierra. El reino de los cielos no es, desde luego, un reino de este mundo, pero en el cielo sólo se entra por medio de la Iglesia, que está fundada en la tierra. Por lo tanto, los juegos de palabras sobre estas cuestiones son inadmisibles a indignos. La Iglesia es verdaderamente un reino. Su destino es reinar. Y, al fin, este reino se extenderá por todo el universo: así se nos ha prometido”[8]. (Dostoiewski)

Puede ser que no esté en nuestras manos decidir que Cristo reine en la sociedad, pero sí lo está –¡y solo en nuestras manos!–, el hecho de que reine en nuestros corazones. De ahí que se nos enseñe: Ante toda cosa guarda tu corazón (Prov 4,23) porque Yahveh tu Dios es un Dios celoso (Deut 4,24), y que con una solicitud paternal y morosa nos diga: Dame, hijo mío, tu corazón, y que tus ojos hallen deleite en mis caminos (Prov 23, 26).

Una vez que Jesucristo reine en nuestros corazones, de aquí a que reine en nuestras familias, estamos a un paso; y de las familias a la sociedad, solo a un paso más. En definitiva, siempre habrá esperanza porque todo está en Sus manos:

 “No sabemos qué acontecimientos nos reservará el milenio que está comenzando, pero tenemos la certeza de que éste permanecerá firmemente en las manos de Cristo, el «Rey de Reyes y Señor de los Señores» (Ap 19,16) y precisamente celebrando su Pascua, no sólo una vez al año sino cada domingo, la Iglesia seguirá indicando a cada generación «lo que constituye el eje central de la historia, con el cual se relacionan el misterio del principio y del destino final del mundo»[9]”. (Juan Pablo II)

Dice el autor del Tratado de la Verdadera Devoción que antes que separar a María de Jesucristo es más fácil separar la luz, del sol, el calor, del fuego o separar de Dios a todos los ángeles y santos. Por eso, que nuestro corazón sea más de María, para que sea más de Jesús, así nuestras familias serán más de María, para serlo más de Jesús, y en lo social también reinará más María, para que reine más Jesús…

…el Bienaventurado y único Soberano,

el Rey de los reyes y el Señor de los señores,

el único que posee Inmortalidad,

que habita en una luz inaccesible,

a quien no ha visto ningún ser humano ni le puede ver.

A él el honor y el poder por siempre. Amén. (1Tim 6,15-16)

 

MARÍA REINA

Recomendamos leer:  

[1] Dom Columba Marmiom, Jesucristo vida del alma, Fundación GRATIS DATE, Navarra 19984, p. 20.

[2] Ofertorio de la Misa, Vetus ordo.

[3] Dan 7,13-14.

[4] Pío XI, Quas primas, Sobre la Fiesta de Cristo Rey, n. 6.

[5] Juan Pablo II, Vía Crucis del 2005.

[6] San Agustín, La ciudad de Dios, XVII, 115.

[7] Ibid., XIX, 26.

[7] Julio Menvielle, El comunismo en la revolución anticristiana, Cruz y Fierro Editores, 4ª edición, 1982, p. 30-31.

[8] Fedor Dostoiewski, Los hermanos Karamazov, I parte, L. 2, cap. V.

[9] Juan Pablo II, Novo Milenio Ineunte, n. 35.

 

2 comentarios:

  1. Susana Bertilde Boffa Igarzabal

    Comparto sus palabras y creo que Satanas esta tratando de acaparar almas para si cdo vemos tanta muerte y desesperanza , tanta codicia y desprecio por el ser humano
    Y esta situación nos interpela como cristianos a proclamar el evangelio y ser testimonio con nuestras vidas para que desde nuestra pequeñes aportemos a la construcción del reino

  2. RAMON ANTONIO TRASVIÑA CASTRO

    Muy profunda reflexión Padre Gustavo, le saludo desde La Paz B. C. S. Mexico.
    Una explicación para tomar de ella lineas a repasar para crecer en conocimiento
    mas detallado de como valorar a nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo.

    Por las enseñanzas creemos y afirmamos que por el Bautismo somos hijos de Dios,
    como lo dice este párrafo copiado al inicio de su reflexión. . .
    “Después de su desobediencia todos nacemos pecadores, despojados de esa gracia que nos haría hijos de Dios. En vez de hijos de Dios somos hijos de ira (Ef 2,3); enemigos de Dios, hijos condenados a su indignación: El pecado ha destruido todo el plan de Dios”[1].
    Hoy por doquier se escucha: “todos somos hermanos, todos somos hijos de Dios, aún en las exhortaciones a las multitudes”
    Hay alguna modificación en esta verdad proclamadas (somos hijos de Dios en su Hijo Jesucristo) Christifideles Laici De San Juan Pablo II “Somos hijos en el Hijo”

    ¿Será un juego de palabras como lo explicas en este párrafo?

    “(…) quedé sorprendido ante la afirmación de ese sacerdote de que la Iglesia no es un reino de este mundo. Si no fuera de este mundo, no podría existir en la tierra. En el santo Evangelio, la expresión «no de este mundo» está empleada en otro sentido. No se debe jugar con estas palabras. Nuestro Señor Jesucristo vino precisamente a fundar la Iglesia en la tierra. El reino de los cielos no es, desde luego, un reino de este mundo, pero en el cielo sólo se entra por medio de la Iglesia, que está fundada en la tierra. Por lo tanto, los juegos de palabras sobre estas cuestiones son inadmisibles a indignos. La Iglesia es verdaderamente un reino. Su destino es reinar. Y, al fin, este reino se extenderá por todo el universo: así se nos ha prometido”[8]. (Dostoiewski)

    ¿Como aplicamos: todos somos hermanos si no estan bautizados?

    Es interesante y muy importantes sus enseñanza Padre Gustavo recibe un abrazo y mi afecto. . .Ramón . . .Dios nos ama!!!

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