Beata “Mama Antula”

“Quisiéramos tener la pluma de alguno de los grandes de la literatura para presentar como corresponde la figura de esta mujer tan extraordinaria, que aún hoy nos asombra por sus hazañas, una mujer de la madeja de Isabel la Católica y de Santa Teresa, gloria de nuestra Patria”[1].

Así comienza el P. Alfredo Sáenz la reseña que hace de María Antonia de Paz y Figueroa en su libro “La Ascensión y la Marcha”.

Habiendo sido beatificada el año pasado a pocos kilómetros de donde me encuentro[2], y siendo hoy 7 de marzo su fiesta, no quería dejar pasar la oportunidad de dedicar unas líneas a esta gran mujer, propagadora incansable y fecundísima de los Ejercicios Espirituales, a quien hace años ya invocamos de modo privado por no haber sido aún elevada al honor de  los altares.

Nace en 1730 en Santiago del Estero, una provincia del centro-norte de Argentina, cuya capital homónima es la primera ciudad fundada en el país. Era hermosa e inteligente, de una familia acomodada y llevaba una vida sencilla y virtuosa. A los 15 años, dejando atrás los posibles éxitos del mundo, ingresó como beata de la Compañía de Jesús. ¿Qué era una beata?

Refiriéndose a ellas, en un informe fechado en 1654, escribe uno de los Padres de la Compañía:

“Hay en Santiago un gran número de vírgenes consagradas a Dios, que viven fuera del claustro y se llaman ‘beatas’. No son inferiores a las monjas claustradas, tanto por su fervor en la virtud como por su modestia y recogimiento”.

Algunas de esas mujeres, para ayudarse entre sí, se agrupaban en una casa, donde trataban de llevar una vida espiritual más intensa, visitaban enfermos, bordaban ropa de altar, enseñaban catecismo o acudían en ayuda de los pobres. Se las conocía como “beatas”, en el sentido evangélico de la palabra, ya que Cristo, cuando pronunció el sermón de la montaña, llamó “beatus” (“bienaventurado”), al que vivía de acuerdo al Evangelio. Por eso las casas donde moraban tomaron el nombre de “beaterio”. Tras una especie de noviciado, se consagraban a Dios con votos privados de castidad, pobreza y obediencia, vistiendo una especie de hábito religioso negro, asemejándose a la sotana que usaban los jesuitas. A veces cambiaban incluso el nombre; en el caso de nuestra beata (ahora con ese título dado oficialmente por la Iglesia), tomó el nombre de María Antonia de San José.

No eran propiamente religiosas, ni podían ser consideradas como terciarias jesuitas, pero a través de sus actividades apostólicas y sobre todo su atención a las “casas de Ejercicios”, estaban de hecho estrechamente ligadas a la Compañía. María Antonia, conocida como “Beata Antula” o “Mama Antula” solía añadir a su firma “Beata Profesa de la Compañía de Jesús”.

Dudo que en ese tiempo existiesen religiosas no claustrales, por lo cual estas beatas eran lo más parecido a lo que ahora son las religiosas de vida apostólica.

Dada la expulsión de los Jesuitas en el año 1767, cosa que puede mencionarse en medio renglón pero que, obviamente, se trata de un hecho trágico y de difícil ponderación a tantos años de haber sucedido, María Antonia, como tantas otras, observaba con muchísimo dolor el decaer de las obras, de los apostolados, de sus padres jesuitas, hasta con cierto sentido de “orfandad espiritual”.

Ella, no sin tener conocimiento certísimo de que Dios le pedía esto, y de haberlo consultado con muchos sacerdotes, comienza a los 36 años su labor apostólica misionera.

Rezaba con mucha asiduidad y llevaba una vida muy austera y penitente. Era imperturbable, con esa paz que Dios da a sus santos. Por eso se dijo de ella que “no conoció miedo”. Incluso cuando todos temían el hablar o mostrar devoción por los jesuitas o por San Ignacio, ella nunca tuvo ningún reparo con esto, a tal punto que fue quien hizo rezar por primera vez después de la expulsión, la Misa de San Ignacio en Buenos Aires. Tanta penitencia hacía y tanto fervor apostólico tuvo, que también se dijo de ella: “fue una de las más fervorosas misioneras apostólicas que se han visto, y su vida es un continuo milagro”.

Habiendo organizado dos tandas de Ejercicios Espirituales en Santiago del Estero con mucho éxito, siguió por las provincias del norte de Argentina: (1767-1773) Catamarca, La Rioja, Tucumán, Salta y Jujuy. Luego volvió a Santiago donde siguió organizando tandas hasta 1777; fue entonces cuando se dirigió a Córdoba: durante dos años organizó unas 200 tandas con un promedio de entre 200 y 300 ejercitantes por cada vez (unas 50.000 en total). En 1779 viajó a Buenos Aires buscando fundar la casa de Ejercicios Espirituales allí.

La distancia a recorrer, si partió desde Córdoba, eran 700kms y, si lo hizo desde Santiago, debemos agregarle 300kms más. Sólo contaba con $5, y fue a pie y descalza, imitando a Cristo en su camino al Calvario. Solía decir: “El amable Jesús es quien me conduce y me permite estos pasos”.

Nuestro Señor Jesucristo le pidió esa importante misión de la construcción de “La Santa Casa” y le prometió que nadie la destruiría. Y sucedió incluso que dos mandatarios de gobierno trataron de hacerlo pero no pudieron, mediando para ese impedimento ciertas fuerzas de lo alto. Es actualmente la casa más antigua de todo Buenos Aires, ocupa una manzana completa y una de las calles tiene que angostarse en esa cuadra, para volver a su anchura normal en la cuadra siguiente, como haciendo notar que a la Santa Casa no la pudieron destruir; si lo prometió el Señor…

Magnánima como todos los santos, nuestra beata decía, refiriéndose a la Santa Casa: “Yo procuro obra grande, como de Dios y para Dios”[3].

Como refiere el P. Miglioranza:

Frente de la Santa Casa

“Construir una Casa de Ejercicios con limosnas es duplicar los esfuerzos y los sacrificios tanto que podríamos decir que rozan el heroísmo y apelan al ejercicio de todas las virtudes”[4]

Estaba convencida de que “La providencia del Señor ha hecho llanos los caminos que a primera vista parecen insuperables”.

El obispo Malvar y Pinto, entusiasmado con los frutos espléndidos de la obra, y ya nombrado para ser obispo de Santiago de Compostela, escribió en un Informe elevado a Roma el año 1784:

“Hasta el día de la fecha pasan ya de quince mil almas, las que hicieron los Ejercicios en esta Casa, sin que a ninguna se le haya exigido ni un dinero por los diez días de su estada y abundante manutención… el arreglo y métodos que se observa en estos Ejercicios sobre tener nuestra expresa aprobación, es tan inmaculado, que convierte las almas; porque aquí se ven sujetos, que por vivir en las vastas campañas de esta Diócesis, lejos de Parroquias y Curas, unos que nunca se han confesado, otros porque muchos años no sólo han hecho, y todos con arrepentimiento verdadero, lloran su estragada vida, y conciben firmes propósitos de enmendarse; los tibios se enfervorizan, los fervorosos se alientan a correr; y finalmente en todo, y en todos, se palpa el aprovechamiento espiritual y adelantamiento en la virtud”[5].

En la capital de Argentina estuvo durante 20 años (1779-1799) y al momento de su fallecimiento habían hecho Ejercicios Espirituales en esa Casa 70.000 personas según unos, 80.000 según otros… Verdadero milagro apostólico.

Como buena hija de San Ignacio, buscaba en todo la mayor gloria de Dios; solía decir: “Oh mi Dios, y quien os viera ya amado de todas tus criaturas tanto cuanto mereces ser amado”.

Milagros y de varios tipos, hizo muchos… solo destaco un par que me llamaron más la atención.

Estaban terminando la Santa Casa y el albañil que colocaba, en un lugar elevado, la cruz de la entrada, cayó del andamio no dando ya señales de vida. Se le acercó una hermana a María Antonia, que se encontraba en su cuarto, y le comentó lo sucedido. Ella contestó, sin darle mayor importancia, que no podía ser que estuviese muerto, porque en la cruz está la salvación y la vida, que regresara e hiciera lo necesario para despertarlo. Luego de su frustrada misión, volvió la religiosa reafirmando su tesis del fallecimiento del obrero, a lo cual la Beata Antula no hizo más que dirigirse a donde estaba y, sencillamente, lo resucitó…

Otro milagro, pero post mortem: fue enterrada en un cementerio común y, tiempo después, cuando buscaban sus restos por haber muerto en olor de santidad, no podían encontrarlos luego de varias excavaciones. Hasta que apreció una nenita afirmando: “dice mi mamá que está enterrada aquí”, señalando el lugar donde debían cavar. Los obreros, ya algo desahuciados, imitaron a los apóstoles después de aquel “echad las redes” dicho por el Señor, y efectivamente encontraron el cuerpo de la beata. Luego buscaron a la niña por el barrio, pero nunca la encontraron…

Terminamos con palabras dignas de una fiel hija de San Ignacio: “Si tuviera yo mil vidas las sacrificaría todas al Señor, en agradecimiento por el beneficio de la conversión de las almas que ha concedido por medio de los Ejercicios”.

Los santos son moldeados en María, de ahí que San Agustín llame a la Santísima Virgen “Molde de Dios”, y comenta San Luis María: Nuestra Madre es “el molde propio para formar y moldear hombres divinos”. A Ella entonces, que moldeó a María Antonia de San José, le pedimos la gracia poder vaciarnos en Ella para ser otros Cristos[6].

 

[1] P. Alfredo Sáenz, La ascensión y la marcha, p. 143.

[2] Estoy en Suncho Corral, Santiago del Estero, Argentina; y fue beatificada en la capital de la provincia, a unos 100kms, el 27 de agosto del 2106.

[3] En carta al P. Ambrosio Funes, La ascensión y la marcha, p. 183.

[4] Ibid.

[5] Ibid, pp. 172-173.

[6] “Ten a bien reparar en lo que te digo, que los Santos son moldeados en María. Hay gran diferencia entre labrar una figura de bulto a golpe de martillo y de cincel, o formarla vaciándola en un molde. Los escultores y estatuarios trabajan mucho en labrar las figuras del primer modo, y emplean en ello mucho tiempo; pero para hacerlo de la segunda manera, trabajan poco y emplean breve tiempo. San Agustín llama a la Virgen molde de Dios…, el molde propio para formar y moldear hombres divinos. El que es echado en este molde divino, bien pronto queda formado y modelado en Jesucriso y Jesucristo en él; a poca costa y en breve tiempo será semejante a Dios, porque ha sido vaciado en el molde donde se formó el hombre Dios. (Critica a los directores que no recurren a esta devoción para santificar a las almas)…

¡Hermosa y verdadera comparación! ¿Quién la comprenderá?. Mas ten presente que no se echa en el molde sino lo que está fundido y líquido; es decir que es menester fundir y destruir en ti al viejo Adán para que llegues a ser el nuevo en María.” San Luis María, Tratado de la Verdadera Devoción a María Santísima, cap. VII, art III

 

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