A Quien desafió a un Arcángel

Dado el orden escalonado y progresivo que existe en la perfección de los seres que Dios ha creado, en donde, como reza la filosofía “lo superior de lo inferior toca lo inferior de lo superior”, entre Dios y nosotros, entre el ser humano, material y espiritual, y Dios, Ser infinitamente perfecto y totalmente espiritual, existen seres que, por supuesto infinitamente inferiores a Dios, son puramente espirituales y, de ahí, mucho más perfectos que nosotros que tenemos un cuerpo corruptible que agobia el alma y esta tienda de tierra abruma el espíritu lleno de preocupaciones (Sab 9,15).

fra Angelico Anuniciación

A estos seres los llamamos “Ángeles” (del hebreo “Mal’ak” = “enviar”), lo cual hace referencia a la tarea que tienen asignada de parte de Dios para con nosotros, ya que son “enviados”, “mensajeros”: ¿no son acaso espíritus al servicio de Dios enviados a favor de aquellos que deben heredar la salvación? (Heb 1,14)

Los agrupamos, entonces, con ese nombre de “Ángeles”, pero no se puede hablar de una “especie angélica”, dado que por su incorporeidad, cada ángel agota su especie, o sea, por decirlo de algún modo, cada ángel tiene, o “es”, una raza única, distinta, irrepetible.

Su inteligencia es agudísima y no llegamos nosotros a comprenderla totalmente; ellos no se ven en la necesidad de razonar (pasar de una verdad a otra mediante silogismos), sino que su conocimiento es producido directamente por Dios en sus inteligencias y de aquí que sea llamado “intuitivo”. Y en cuanto puramente espirituales, intelectuales e intuitivos, son imágenes más perfectas de Dios, que es espíritu purísimo. San Juan Pablo II enseñaba:

“Dios, que es Espíritu absolutamente perfecto, se refleja sobre todo en los seres espirituales que, por naturaleza, esto es, a causa de su espiritualidad, están mucho más cerca de Él que las criaturas materiales y que constituyen casi el ‘ambiente’ más cercano del Creador”[1].

En cuanto a la perfección de la voluntad, también difícil de comprender por la gran fragilidad de nuestros “quereres”, el “sí” del ángel es inmutable: si quieren, quieren para siempre; y si no quieren, también lo hacen eterna y definitivamente. De ahí que Satanás y sus secuaces no tengan posibilidad de perdón, no porque Dios no sea infinitamente misericordioso, sino porque, dada su perfección, una vez sentenciado el ¡non serviam! (¡No serviré!) (Jer 2,20) su voluntad quedó perpetuamente fijada en el mal y nunca podrán arrepentirse, porque nunca querrán hacerlo.

Por ser lo espiritual mucho más perfecto que lo material, permitiéndoselo Dios, tienen ellos poder sobre la materia; de ahí que puedan “inspirarnos” –los ángeles buenos– o “tentarnos” –los ángeles malos–, por medio de nuestra imaginación que, aunque más cercana al mundo espiritual, no deja de ser material.

Por último, todos fueron creados en gracia de Dios y los que no se rebelaron contra Él poseen una santidad peculiar; de ahí que hablemos de “santos ángeles”.

Como podrá fácilmente deducirse, dada la perfección de estas creaturas, si Dios permitiera a un ángel combatir con un hombre, esto sería más desproporcionado que la lucha de un elefante con una hormiga…

Es cierto que, de hecho, si tratamos de ser buenos, tenemos que luchar contra ellos; como enseña San Pablo:

“Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en los aires” (Ef 6,12)

Pero esta guerra no es “cuerpo a cuerpo”, no hay “igualdad de condiciones”, sino que sólo pueden atacarnos cuanto Dios les permite y además contamos con la ayuda del mismo Dios –y sus ángeles– para defendernos (entre ellos, papel principal tiene nuestro ángel custodio).

Ahora bien, en el caso de que se trate no de un Ángel sino de un “Arcángel” –un ángel superior–, enviado explícitamente por Dios para una misión particularísima y decisiva, en el marco de una aparición celestial, pidiendo, nada más y nada menos que de parte del Todopoderoso, el consentimiento a un divino querer –querer que involucra el más entrañable deseo del Altísimo–… no parece nada sencillo el hecho de “plantarse” ante él, frenarlo, “contradecirle”, pedirle explicación; o para decirlo más vulgarmente, sería como responderle una especie de “estate quieto”, “parate en ese bordito”, “aguantame ahí que ya te respondo”; sentencia que equivale también a un “no me asustan tus credenciales” que, de existir la inercia en el mundo espiritual, dado el envión traído de lo alto, equivaldría a una “señora frenada angelical” con su posterior, desestabilizadora y kilométrica patinada.

A decir verdad ningún hijo de  Adán sería capaz de semejante cosa… con una única excepción…

Hace un poco más de dos milenios reapareció en escena un Arcángel, haciendo gala de que era el que está delante de Dios (Lc 1,19); su nombre significa nada más y nada menos que “Fuerza de Dios”, y venía a comunicar un mensaje transcendental para el linaje humano y pedir consentimiento a una pequeña joven judía. Ella, discurriendo atentamente el plan que el emisario celestial le estaba trasmitiendo, plan majestuoso, deseable para cualquier mujer que haya pisado el orbe de la tierra, que la encumbraba a una dignidad inimaginable, no respondió afirmativamente de modo inmediato como podría esperarse, sino que  lo hizo con una pregunta, de cuya respuesta dependería la aceptación de lo referido. Ella dijo lo siguiente:

  • ¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón? (Lc 2,34).

Antes de seguir con el relato permítanme un pequeño paréntesis. La frase “no conozco varón” es de una delicadeza finísima, propia de una mente divina, con la cual Dios en la Sagrada Escritura, sin dejar de transmitir la verdad y claridad de lo referido, hace alusión a la unión íntima entre un hombre y una mujer, de la manera quizás más hermosa que pudiera expresarse. ¿Por qué entonces traducir, como hacen algunas versiones de la Biblia, ¿cómo será esto puesto que no tengo relaciones con ningún hombre? Más allá de alguna buena intención que puede haber en algún que otro caso, no veo otra respuesta posible que la desacralización y vulgarización a que tantas veces se ven expuestas, no solo las Sagradas Escrituras, sino todo lo referente a nuestra querida fe y a la Santísima Virgen. Cierro paréntesis…

¿Qué hay detrás de esa respuesta/pregunta de la Santísima Virgen? ¿Cómo fue capaz Ella de poner, por decirlo de algún modo, cierto “reparo” al anuncio celestial? ¿Qué cosa puede haberle dado esa firmeza necesaria para pedirle explicaciones nada más y nada menos que al Arcángel Gabriel?

La respuesta nos la da San Agustín y con él toda la Tradición de la Iglesia. Él dice que la Virgen María había hecho el propósito de permanecer virgen para siempre y se había desposado con José para que él fuera el custodio de su virginidad. Así se explican muy bien las palabras iniciales: El Ángel Gabriel fue enviado por Dios (…) a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la Casa de David (Lc.1,26.27); cabe aclarar que el desposorio ya era matrimonio, por lo cual de suyo no condecía con la virginidad.

Una confirmación importante a la opinión de San Agustín es la fiesta litúrgica de la Presentación de la Virgen María al templo. El Concilio Vaticano II ha querido mantener en el calendario litúrgico esta memoria de la Presentación de la Virgen María a pesar de que muchos teólogos querían suprimirla[2]. La causa de este deseo de supresión era la aparente carencia de fundamento histórico de una presentación de la Virgen María al Templo, como la Ley mosaica mandaba, solamente, para los primogénitos varones. Sin embargo, prevaleció la convicción de un “concepto teológicamente seguro, el de la oblación o consagración de la Santísima Virgen a Dios”[3], apenas tuvo uso de razón, de manera consciente y libre. Esta consagración incluye, obviamente, el voto de virginidad perpetua.

Por tanto, la pregunta de María no expresaba una duda en las palabras del ángel –como fue el caso de Zacarías (cf. Lc 1,18)– sino la constatación de que dos voluntades divinas entraban, aparentemente, en conflicto: por un lado la maternidad (querida por Dios, ciertamente), y por otro la virginidad (querida también por Dios).

La Santísima Virgen, la llena de gracia, como nadie en el mundo, estaba totalmente segura que era la voluntad de Dios que Ella permaneciera virgen durante toda su vida; y también como nadie en el mundo, custodiaría esa voluntad divina aunque le costase mil muertes o le ofrecieran mil reinos… o más, aunque le propusieran ser nada más y nada menos que la Madre de Dios… Por supuesto que ser Madre de Dios no puede contradecir la voluntad divina, pero mientras eso no se aclare… querido Gabriel, Ella no va a dar el paso.

Ojalá tuviera pluma, inteligencia y santidad como para hablar mejor de María…

Pasa que siempre será gran verdad aquello de “De María nunquam satis” (“acerca de María nunca se habla/predica/dice/escribe/alaba lo suficiente”). Toda la heroicidad de los mártires, la pureza de las vírgenes, la firmeza y perseverancia de los confesores de la fe, el celo de los apóstoles, la sabiduría de los doctores, la penitencia de los anacoretas, la oración de los místicos y, en fin, todas las virtudes de los santos y las perfecciones los ángeles del paraíso, comparados con la santidad, belleza, perfección y grandeza de María, como dice el salmo “son ante Él [Ella] como nada  y vacío”; porque como dice el Angélico Doctor, todo cuando podía comunicarse/darse/entregarse Dios a una creatura, “eso” es María.

Y su firmeza en mantener la voluntad de Dios en lo que acabamos de comentar, se refiere nada más y nada menos que a la Virginidad… ¡cuánto habría para decir hoy en día sobre esto! Pero lo dejamos para otra oportunidad, para darnos tiempo para festejar el Nacimiento de la Reyna y Señora de todo lo Creado a quien le pedimos se digne concedernos una ínfima partecita de su férrea convicción en llevar adelante, cueste lo que cueste –hasta el pie de la Cruz– el Plan Divino.

[1] Cf. Juan Pablo II: (Aud Geral 5, Vaticano 09.07.1986).

[2] Cf. Pizzariello de Leoz, E., Amigos de Dios y de los hombres, p. 832.

[3] Pizzariello de Leoz, E., Amigos de Dios y de los hombres, p. 832.

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